Estudios sobre degradación de los ecosistemas en México: ¿Ya chole?

Por: Melanie Kolb

Instituto de Geografía, UNAM. melanesien@gmail.com

Conocer la condición de los ecosistemas es un requisito básico para poder manejarlos adecuadamente, sin embargo, evaluarla hasta el momento no ha sido posible a gran escala. Actualmente, expresar la condición es un reto mayor, ya que no contamos con un sensor o una escala de medición para estimar la estructura, composición y función de los ecosistemas, como lo explica Miguel Equihua con más detalle en una texto publicado en un ecoblog anterior (https://scme.mx/medir-la-condicion-de-los-ecosistemas-en-la-era-de-la-informacion/) donde describe  una propuesta colaborativa para generar un índice de integridad ecosistémica.  Considerar explícitamente las actividades humanas en el contexto de la integridad, puede aportar indicios valiosos para la estimación de la condición de los ecosistemas (ver también el texto de Angélica Hernández en este mismo número). Además de la reconocida relación de actividades humanas con la biodiversidad, existen bases de datos espaciales muy extensas para representar ciertas actividades humanas en el espacio, lo que explicaría porque muchos índices de condición ecosistémica sólo están basados en ellos. Desde hace algunos años, México cuenta con un modelo espacial de impactos humanos sobre la biodiversidad, a partir del cual, se ha reportado el estado de biodiversidad ante la CBD (véase quinto informe 2014 en https://www.biodiversidad.gob.mx/planeta/internacional/implementacion_cbd_mex).

Para mejorarlo, se están rediseñando todos los módulos del modelo en el marco del proyecto “Uso de big data para la gestación ambiental del desarrollo sostenible (Integridad Gamma / iGAMMA)” (CONACyT 296842). El equipo de trabajo sobre degradación está a cargo de establecer las bases para su modelación e incorporación en el índice de integridad ecosistémico; como parte de este proyecto hemos revisado de manera sistemática la literatura existente para México, con el fin de hacer un metaanálisis que establezca relaciones de dosis respuesta (DRR por sus siglas en inglés). Con ello se cumplirá con el objetivo de estimar el efecto de la presión/perturbación (dosis) en el estado (respuesta) de los ecosistemas terrestres y, en particular, el impacto del uso del suelo, la infraestructura y fragmentación resultante de las actividades humanas y sus demandas subyacentes de recursos.

La revisión sistemática de la literatura* arrojó algunos resultados sorprendentes y también preocupantes.  A pesar de que la búsqueda arrojó 3,134,699 resultados iniciales, de los cuales se descargaron 1,774 documentos por cumplir con los primeros filtros (título y resumen), los documentos que cumplieron con la calidad de los datos y sobre todo el diseño de experimento para decidir si cumple con los requisitos mínimos de calidad apenas sobrepasó el 2% de los documentos revisados: 6 para el tema de fragmentación, 9 para infraestructura y 21 para uso del suelo. Esto significa, por un lado, que no es material suficiente para hacer un metaanálisis confiable de la literatura publicada para México, ya que los análisis estadísticos realizados carecen de robustez debido al número muy reducido de publicaciones orientados a los temas de interés. El problema principal detectado durante la selección de publicaciones es la falta de rigor metodológico en las publicaciones existentes, además de una heterogeneidad muy grande en las variables presentadas en los estudios. Debido a esto, una gran cantidad de estudios no cumplió con los criterios para la realización del metaanálisis.

A pesar de que no se puede generar una relación cuantitativa o documentar el efecto de la presión sobre el estado en las comunidades biológicas, de manera cualitativa fue posible identificar las variables de dosis (presión) y de respuesta (estado) para cada tema (Figura 1).

Figura 1. Diagrama DPSIR de los factores de presión (fragmentación, infraestructura y del uso del suelo) revisados en la literatura y su impacto en los ecosistemas de México. En negro se muestran los elementos que forman parte de la revisión sistemática de la literatura; en naranja los aspectos a tomar en cuenta para la conversión del metaanálisis a una relación de dosis-respuesta. (D) indica que un componente se considera como dosis, (R) indica una respuesta.

Retomando la pregunta del título de este texto, ¿ya chole?, nuestra investigación muestra que a pesar de que sean temas “clásicos” y ampliamente abordados en diferentes áreas de la ecología, biología de la conservación y sobre todo en la ecología del paisaje, en México no contamos con un cuerpo de información publicado y analizable como para conocer con confianza qué tan degradados están los ecosistemas en México y los factores que lo provocan. Realmente hace falta retomar estos trabajos con un enfoque más sistemático y sobre todo con diseños experimentales que permitan obtener datos válidos y comparables.

* Se realizaron búsquedas de la literatura disponible en inglés y español sobre estudios en ecosistemas mexicanos que tenían como objetivo cuantificar cómo la infraestructura carretera, el uso del suelo o la fragmentación afectan la biodiversidad con datos in situ, usando una serie de palabras clave. Cabe de destacar que ni los grupos taxonómicos, el año de publicación u observación, ni el tipo de revista eran limitantes para la selección de documentos. Para mayores detalles metodológicos, véase Kolb et al. en prep.

Reseña de la autora

Dra. Melanie Kolb. Es investigador asociado C de TC del Instituto de Geografía (UNAM) y cuenta con el SNI nivel 1. De 2005 a 2016 trabajó en diferentes aspectos relacionados con la planeación de la conservación en la CONABIO.
Después de transitar por varios tópicos de la biogeografía, análisis espacial, planeación y priorización, impactos humanos a la biodiversidad y su análisis prospectivo, actualmente su trabajo se enfoca a servicios ecosistémicos hídricos:
· Hidrogeografía y ecohidrología en el marco de sistemas socio-ecológicos.
· Vulnerabilidad de ecosistemas al cambio global y planeación sistemática de la conservación usando indicadores de biodiversidad.
Melanie Kolb, en conjunto con el Dr. Leopoldo Galicia, está a cargo del Laboratorio de Ciencia Aplicada y Colaborativa (CARSE) del Instituto de Geografía, dónde se integran diferentes disciplina y enfoques participativos para impulsar transformaciones urgentes, para enfrentar los retos del cambio global.
Forma parte del grupo de expertos del System of Environmental-Economic Accounting (SEEA) Experimental Ecosystem Accounting (EEA) de las United Nations Statistical Division (UNSD), the United Nations Environment Programme (UNEP) TEEB Office, and the Secretariat of the Convention on Biological Diversity (CBD), financiado actualmente por la Unión Europea.
También participó como lead author en el primer reporte global de IPBES (Intergovernmental Science‑Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services), donde era responsable de la sección de servicios ecosistémicos bajo escenarios futuros. De manera periódica participa en eventos nacionales organizados por la representación nacional de esta plataforma, así como de otras redes de investigación.

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La geografía de la huella humana en los ecosistemas de México

Por: Angélica Hernández Guerrero

Dirección de Análisis e Indicadores Ambientales. Dirección General de Estadística e Información Ambiental. Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales.  angelica.guerrero@semarnat.gob.mx

Los ecosistemas han sido alterados por los seres humanos desde que los primeros homínidos comenzaron a aprovechar los recursos naturales para satisfacer sus necesidades de alimentación y materiales. Sin embargo, el impacto de las actividades antropogénicas en el ambiente se intensificó a partir de las revoluciones agrícola e industrial (ver texto “Hacia el equilibrio sociedad-naturaleza” publicado en Nexos por la SCME https://medioambiente.nexos.com.mx/?p=1664).

Ambos procesos, el primero con un origen que data de hace aproximadamente 10 000 años y el otro con poco más de 200 años, permitieron pasar de una simple apropiación de la naturaleza a una de producción que involucró nuevos métodos y herramientas más eficaces para explotar grandes extensiones de tierra para actividades agropecuarias, industriales, turísticas y el transporte de personas y materiales. Estas actividades, además del uso de máquinas para la extracción masiva de minerales y fuentes de energía, han dejado gradualmente una huella que en la actualidad se refleja en la integridad de los ecosistemas a nivel mundial.

Gracias al desarrollo de tecnologías satelitales, desde hace algunas décadas, se han desarrollado métodos de análisis que permiten evaluar la superficie del planeta que ha sido afectada por actividades humanas. Particularmente, dentro de la ecología humana y del paisaje, se utilizan métodos de teledetección y de ciencia de la información geográfica (SIG) para estudiar la relación entre las sociedades humanas y su entorno biofísico.

Los modelos espacialmente explícitos permiten expandir las escalas espacio-temporales de los análisis de la condición de los ecosistemas. Un método basado en información de tipo geoespacial que permite evaluar el impacto de las actividades antropogénicas en ambientes terrestres es el de la “huella humana” (HH), definida como la transformación de los ambientes físicos y de los ecosistemas que sostienen por efecto de las actividades humanas (Theobald, 2013).

Sanders y colaboradores (2002) evaluaron el impacto de las actividades humanas, en particular la densidad poblacional, el cambio de uso del suelo y la infraestructura eléctrica. A partir de ese trabajo de se han desarrollado otras evaluaciones, todas ellas con el supuesto de que el impacto de las actividades antropogénicas sobre el ambiente es resultado del tipo de actividad que se realiza, de la superficie que ocupa y de la acumulación de actividades que se tenga en ella a través del tiempo (González-Abraham et al., 2015).

El número de variables que se incluyen en estas evaluaciones se ha ido incrementando conforme lo hace la cantidad y calidad de información ambiental espacial disponible en los países. Por ejemplo, Venter y colaboradores (2016), adicionaron en un modelo de HH factores como la iluminación nocturna, vías férreas, caminos y  vías navegables. De acuerdo su análisis, en 2009 alrededor del 75% de la superficie terrestre mostraba algún grado de impacto por el hombre (Figura 1a) y, en algunas regiones, en 16 años el impacto humano se había reducido ligeramente (Figura 1b).

Figura 1. Huella humana mundial en 2009 y el cambio en 16 años (1993 a 2009).

En la DGEIA de la Semarnat se realizó una estimación de la HH en México. Esta estimación incluyó información espacial de libre acceso de actividades productivas, entre ellas la agricultura, ganadería, acuicultura, plantaciones forestales o minería a cielo abierto, la presencia de zonas urbanas, industriales y de infraestructura (vías de comunicación, presas, aeropuertos, canales, líneas de transmisión eléctrica y sitios de disposición de residuos sólidos, entre otras). El ejercicio para el país estimó que en 2011, 53.3 % del país aún tenía superficie significativamente sin transformar, aunque poco más del 25% de la superficie nacional tenía niveles altos o muy altos de presencia de actividades humanas (Figura 2).

Figura 2. Modelo de huella humana para México 2011. Fuente: Semarnat. Población y medio ambiente. En: Semarnat. Informe de la Situación del medio ambiente en México. Semarnat, México. 2015

Estos modelos muestran como la ciencia de datos aplicada al campo de conocimiento de los ecólogos permitirá identificar los fenómenos que impactan a los ecosistemas cada vez a escalas más finas; conocimiento que puede ser aplicable en la planificación del territorio y la conservación de la naturaleza.

Referencias

  • González-Abraham, C., E. Ezcurra, P. P. Garcillán, A. Ortega-Rubio, M. Kolb y J. E. Bezaury C. The human footprint in Mexico: physical geography and historical legacies. PLoS ONE 10(3). 2015.
  • Theobald, D. M. A general model to quantify ecological integrity for landscape assessments and US application. Landscape Ecology 28: 1859–1874. 2013
  • Venter, O. et al. Sixteen years of change in the global terrestrial human footprint and implications for biodiversity conservation. Nature Communications. DOI: 10.1038/ncomms12558. 2016.

Reseña de la autora

Angélica Hernández. Bióloga por la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestra en Ciencias por el Instituto de Ecología y candidata a Doctora por el Instituto de Biología, ambos de la UNAM. Ha sido profesora en dicha universidad en las carreras de Biología y Ciencias de la Tierra, así como profesora invitada en el curso de posgrado sobre Sistemas de Información Geográfica del Instituto de Geofísica. Actualmente es Jefa de Departamento en la Dirección de Estadísticas e Información Ambiental de la Semarnat, en donde realiza análisis tabulares y espaciales, informes ambientales, así como la actualización y el seguimiento de diversos indicadores nacionales e internacionales. A la par de su formación profesional ha estado interesada en la divulgación de la ciencia y en la comunicación del conocimiento científico a la sociedad. Por ello, ha escrito tres libros sobre Biología y Ecología y Medio Ambiente para Bachillerato y ha colaborado en instituciones de divulgación como el museo de las ciencias Universumy el Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa (ILCE), entre otras instituciones.

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La evaluación de la salud de los ecosistemas acuáticos mediante el uso de biomonitoreo con macroinvertebrados acuáticos

Por: Eugenia López López.

Instituto Politécnico Nacional. Escuela Nacional de Ciencias Biológicas. eulopez@ipn.mx

Los ecosistemas dulceacuícolas son los más amenazados en todo el mundo, especialmente aquellos en países en desarrollo, debido a su acelerada industrialización, urbanización y crecimiento demográfico, así como cambios en el uso del suelo en sus cuencas de captación. Se estima que estos ecosistemas contienen casi el 10% de las especies de animales de la Tierra, por lo que se requiere poner mayor atención en conocer su condición para garantizar su conservación. Esto implica necesariamente contar con métodos y herramientas de monitoreo y evaluación confiables y factibles.

Una herramienta que ha cobrado importancia en la gestión del agua es el biomonitoreo, el cual se define como el uso de variables o respuestas biológicas para monitorear los cambios en el ambiente. Diversos organismos dulceacuícolas se utilizan como bioindicadores. Los macroinvertebrados son considerados los más adecuados para el biomonitoreo porque proporcionan el mayor rendimiento costo-beneficio, son relativamente inmóviles, son ubicuos, viven en estrecho contacto con los sedimentos y la columna de agua, y exhiben un amplio espectro de tolerancia a los contaminantes.

Las respuestas de estas comunidades de macroinvertebrados incluyen desde una fuerte reducción en las especies presentes hasta disminuciones de su abundancia en áreas impactadas, con predominio de especies tolerantes; las especies sensibles sólo estarán presentes en entornos de bajo impacto. El biomonitoreo proporciona información fáctica sobre el estado actual y las tendencias pasadas de las condiciones ambientales. El uso de esta técnica se ha vuelto popular, especialmente en los países en desarrollo, ya que no requiere equipos costosos ni sofisticados y reduce los costos de operación e insumos en análisis fisicoquímicos. Actualmente existen más de 100 índices biológicos para evaluar los ambientes dulceacuícolas. Uno de los más importantes es el índice “Biological Monitoring Working Party” (BMWP), desarrollado en el Reino Unido en la década de los 70´s. Debido a su facilidad de uso el BMWP se ha extendido a varios países. Este índice mide la respuesta diferencial de invertebrados acuáticos a los déficits de oxígeno causados ​​por contaminación orgánica. Para su aplicación, el BMWP debe ser adaptado y calibrado para cada región ecológica, debido a las diferencias en la composición taxonómica regional ocasionada por sus historias ecológica, zoogeográfica y geológica, así como de los impactos antrópicos.

La bioindicación con macroinvertebrados se ha empleado en América Latina; sin embargo, en México, la información sobre bioindicación en general es escasa y el biomonitoreo aún no se incluye en la legislación vigente.

El grupo de trabajo del Laboratorio de Evaluación de la Salud de los Ecosistemas Acuáticos de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, desarrolló una metodología para obtener los valores de bioindicación de los diferentes grupos de macroinvertebrados mediante un procedimiento estadístico que integra la composición y abundancia de los ensambles de macroinvertebrados del río en estudio, los datos fisicoquímicos del agua, y los parámetros de la calidad del hábitat. Este procedimiento lo aplicamos exitosamente en Panamá para la bioevaluación de sus corrientes superficiales (BMWP/PAN). En México hemos calibrado el BMWP para los ríos Apatlaco y Chalma-Tembembe (Morelos), Río Bobos (Veracruz), ríos Salado y Grande de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán (Puebla-Oaxaca), ríos Extoráz, Escanela-Jalpan, Ayutla y Santa María en la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda (Querétaro) y en el río Sinaloa (Sinaloa). Adicionalmente, se desarrolló una aplicación móvil para su uso en el monitoreo participativo en la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán (Fig. 1), el cual se lleva a cabo en colaboración con la Dirección de la Reserva (CONANP) y las comunidades de los pobladores originarios (Fig. 2). Esto permitirá un seguimiento espacial y temporal de los ríos Grande y Salado (Fig. 3), para coadyuvar en el establecimiento de las directrices para la conservación y gestión de los cuerpos de agua de esta Reserva.

Fig. 1. Aplicación móvil con el BMWP calibrado para el monitoreo participativo en la evaluación de la salud de los ríos a) y catálogo plegable con las fotografías de los macroinvertebrados acuáticos y resultados de la evaluación del río Bobos, Veracruz.
Fig. 2. Biomonitoreo participativo con pobladores originarios de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.
Fig. 3. Río Grande en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.

Reseña de la autora

Dra. Eugenia López López. Doctorado en Ecología por la Escuela Nacional de Ciencia Biológicas (ENCB) del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Con cuatro estancias de investigación: Universidad de Baylor-Estación Ecológica Chapla (Limnología Experimental), Universidad EARTH (macroinvertebrados bentónicos) Universidad de Oviedo, España (Evaluación de DNA ambiental) Instituto Gorgas, Panamá (descomposición de la hojarasca y su relación con las comunidades de macroinvertebrados acuáticos). Profesora investigadora del ENCB-IPN. Integrante de la Planta docente de la licenciatura en Biología y del Núcleo Básico Posgrado en Ciencias Químico Biológicas (maestría y doctorado). Con 75 publicaciones en journals indizados y 17 capítulos de libros. Ha dirigido proyectos con diferentes fuentes de financiamiento. Distinciones: Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 2. Reconocimiento de la Convención Internacional RAMSAR y de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de México por el Proyecto de investigación en el humedal de la Laguna de Yuriria. Ha participado como Instructora Ad honorem, en el Taller “Calibración y Validación del BMWP/PAN (Biological Monitoring Working Party para Afluentes Superficiales de Panamá)”, invitada por el Ministerio de Ambiente y el Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, Panamá, 2016. Ha sido editora de libros y volúmenes especiales sobre Ecología Acuática. Es revisora de diferentes journals indizados.

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La contabilidad de los ecosistemas en las cuentas económicas y ambientales

Por: Miguel Equihua, Griselda Benítez, Octavio Pérez Maqueo y Julián Equihua

Las Naciones Unidas está desarrollado un nuevo sistema de cuentas ambientales (Smith 2007). Se le denomina la “Contabilidad de Ecosistemas del Sistema de Contabilidad Ambiental y Económico (SCAE CE)”.  La Comisión de Estadística de las Naciones Unidas acordó adoptarla como estándar estadístico en su 52a sesión en marzo de 2021. El sistema se ha desarrollado para dar respuesta a las crecientes necesidades de políticas que buscan hacer visible las contribuciones de los ecosistemas a la economía, así como las afectaciones reciproca que la economía genera en ellos. En varios países, incluyendo a México (proyecto NCAVES[1]) se han venido realizando estudios piloto para lograr el acopio e integración de información sobre la variedad de tipos de ecosistemas reconocibles en el país, así como sobre los servicios que aportan, utilizando datos a nivel macroeconómico.

En esta iniciativa se parte de incorporar a los ecosistemas en términos contables con referencia a dos atributos principales: extensión y condición. Por extensión se entiende directamente la cobertura espacial de los diferentes ecosistemas. La condición se define como la calidad de cada ecosistema y se propone estimarla a partir de un conjunto de indicadores clave. La condición califica el estado funcional del ecosistema tanto en relación con el grado de preservación del estado natural como con el potencial para suministrar servicios ecosistémicos. A partir de estos datos, se busca caracterizar en general las existencias de los “activos ecosistémicos” así como el estado en el que se encuentran en el país. Además, también interesa documentar los cambios que ocurran en el tiempo.

Estos datos biofísicos forman parte de la base de cálculo para medir del valor monetario de los beneficios que los ecosistemas dan a la sociedad, que es la meta contable de la SCAE CE. La idea es que la capacidad[2] del ecosistema i, para ofertar un tipo k de servicio, a la sociedad puede expresarse como una función tanto de su extensión como de su condición y de algunos atributos específicos, a, del ecosistema:

En el caso de México, para documentar la extensión se recurrió a la comparación de una variante condensada a 32 clases, de las Series de Uso del Suelo y Vegetación de INEGI. Documentar la condición requirió la incorporación de productos adicionales y se optó por usar el Índice de Integridad Ecosistémica calculado con modelos de redes bayesianas (modelos del ámbito de la “inteligencia Artificial” Pearl 2018; Sierra et al., 2018) y a partir de datos del sistema MadMEX de CONABIO y del INFyS de CONAFOR (ver también https://scme.mx/medir-la-condicion-de-los-ecosistemas-en-la-era-de-la-informacion/).

Dada la heterogeneidad en la resolución, criterios y temporalidad de la información potencialmente disponible para utilizarse en el cálculo de la integridad se consideró interesante construir una herramienta computacional que permitiera interoperar a través de ellas. Para hacerlo se desarrolló un enfoque también basado en redes bayesianas que se integró como se ilustra en la Figura 1.

Fig. 1. Estructura de a red sobre interoperabilidad de representaciones ecológicas y de uso.

En la literatura del “Aprendizaje Automatizado”, el modelo se puede utilizar para generar distintos tipos de “razonamiento automatizado”, en términos deductivos, inductivo y diagnósticos principalmente. Una de muchas posibles interacciones interesantes con la red es simplemente notar su estado base o a priori. De acuerdo con nuestros resultados un gran porcentaje del territorio nacional tiene todavía lo que se etiquetó como “vegetación natural” (80.6%) lo cual no implica que se encuentra en buen estado ya que se estimó también un índice de Huella Humana global de alrededor del 26% y un Índice de integridad Ecosistémica de 67%.

Considerando la flexibilidad y potencia de cómputo de los modelos que estamos utilizando, proponemos que pueden ser de utilidad para visualizar los datos contables geoespacializados con los que operará la contabilidad de los ecosistemas terrestres de México a través de la SCAE CE. Con base en esta estructura consideramos que es también factible incorporar información social y económica y vincularla así con la extensión de los ecosistemas, su condición y los servicios ecosistémicos con el fin de desarrollar políticas propicias para avanzar hacia un bienestar sustentable de la gente en armonía con la naturaleza.


[1] Proyecto de Contabilidad de Capital Natural y de Valoración de Servicios Ecosistémicos  (NCAVES, por sus siglas en inglés) fue financiado por la Unión Europea y está siendo implementado en México bajo el liderazgo del INEGI, en colaboración con SEMARNAT, la División de Estadísticas de las Naciones Unidas y el Programa de las Naciones Unidas para Medio Ambiente.

[2] “[Capacidad es la habilidad de un ecosistema para] generar un servicio ecosistémico en las condiciones, la gestión y los usos actuales que tenga, alcanzando el nivel más alto de rendimiento o uso sin degradar el suministro futuro del mismo ni de otros servicios ecosistémicos

Referencias

Reseña de los autores

Miguel E. Equihua Zamora. equihuam@gmail.com. Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Cursó la Especialidad en Estadística Aplicada del IIMAS de la UNAM. La Maestría en Computación Aplicada a la Biología y Doctorado en Ecología, ambos por la Universidad de York, Inglaterra. Es Investigador Titular C en el Instituto de Ecología, AC (Inecol). Conformo y lidereo el proyecto CiberCiencia que dio acceso a literatura científica especializada en línea para los centros CONACyT, lo que impulso el Consorcio Nacional (CONRICyT: http://www.conricyt.mx/). Ecólogo orientado a la sustentabilidad y la modelación numérica de la relación sociedad naturaleza. Ha participado y coordinado 80 proyectos aplicados de evaluación ambiental tanto para Instituciones públicas como privadas, así como proyectos de investigación en ciencia básica.

Griselda Benítez Badillo. griselda.benitez@inecol.mx. bióloga por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1984). Maestría en la Universidad de York, Inglaterra (M. Phl. 1994) y el Doctorado en Agroecosistemas Tropicales en el Colegio de Posgraduados (2011). Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores Nivel I. Investigador Titular A de la Red de Ambiente y Sustentabilidad del Instituto de Ecología. Botánica de formación, actualmente está enfocada al entendimiento de la dinámica de cambio ambiental, particularmente la pérdida de la cobertura vegetal en las ciudades atribuidos a la urbanización. Tiene 69 Proyectos de Gestión Ambiental para entidades gubernamentales federales y locales, en los que la filosofía fue generar y aplicar conocimiento para propiciar la gestión ambiental sustentable y orientar proyectos de aprovechamiento de los recursos naturales con una perspectiva de conservación de la biodiversidad y de los valores ambientales del país. Participó en la elaboración del “Programa Veracruzano ante el Cambio Climático” (2008, INE-SEMARNAT y el Fondo de Oportunidades Estratégicas del Reino Unido). Éste fue el 1er. Programa hecho a nivel estatal en el País.

Octavio M. Pérez-Maqueo. octavio.maqueo@inecol.mx. Biólogo egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM, Maestría y Doctorado del Instituto de Ecología AC. Investigador Titular B de la Red de Ambiente y Sustentabilidad del Instituto de Ecología. Su trabajo se centra en la importancia de los ecosistemas costeros como sistemas de protección contra huracanes y la valoración económica de éstos.  Su principal interés es entender la relación entre la sociedad y los sistemas ecológicos que generan servicios ecosistémicos. Para ello, en colaboración con otros investigadores y tomadores de decisión estudia los procesos biofísicos y socioeconómicos asociados a los programas de pago por servicios ecosistémicos. Participa con cursos dentro del posgrado del INECOL, enfocados a la modelación: Introducción a la Investigación y Análisis de Sistemas y Modelación. Además, ha sido Profesor invitado en diversos cursos de la Maestría y Doctorado del Posgrado en Ecología y Manejo de Recursos Naturales del Instituto de Ecología A.C. Ha participado en más de 20 estudios ambientales y coordinado algunos de ellos. Es autor o coautor de 20 publicaciones y 19 reportes técnicos.

Julián Equihua. jequihua@conabio.gob.mx. Matemático aplicado y geomático.  Interesado en la aplicación de la ciencia de datos a problemas ecológicos de gran escala (landscape ecology, biogeography, macrosystems biology).

Ha trabajado principalmente en desarrollar algoritmos de detección de cambios con base en imágenes satelitales, en flujos de trabajo para generar cartografía de parámetros estructurales de la vegetación de México y en la estimación de la integridad de sus ecosistemas.

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De la disponibilidad de información a la toma de decisiones: un camino no bien pavimentado

Por: Georgina Alcantar López

Dirección de Estadísticas Ambientales. Dirección General de Estadística e Información Ambiental. SEMARNAT. georgina.alcantar@semarnat.gob.mx

Es común leer o escuchar la frase “Las decisiones deben estar basadas en el conocimiento”. Esta simple frase supone dos cosas fundamentales: que hay conocimiento disponible y que hay decisiones que se toman sin usar ese conocimiento. En la ciencia de la información, hacerse de conocimiento implica tanto la comprensión de información como la calidad de la información resulta del análisis e interpretación de datos (Brackett 2013). Por lo tanto, lograr que las decisiones sean tomadas con base en conocimiento requiere hacerse de la información disponible y, por supuesto, comprenderla. Desde la academia es común pensar que los tomadores de decisiones no conocen o no entienden la información disponible y por eso no la utilizan. Y entre tomadores de decisiones la percepción general es que la información académica atiende solo a los intereses del investigador, lo que limita su utilización.

El avance científico y tecnológico permite contar con herramientas que relacionen grandes cantidades de información en tiempos cada vez más cortos. Sin embargo, aun cuando existen terabytes de información, la realidad es que muy poca resulta útil para trabajos que requieren la identificación de comportamientos espaciales y temporales (UN Environment 2019).

Uno de los factores que limitan el uso de la información existente tiene que ver con la resolución espacial y temporal de la información. Es un sinsentido tomar los datos gruesos generados a una escala nacional y usarlos para caracterizar una localidad o, por el contrario, suponer que información de una localidad pueda, en automático, extrapolarse como dato nacional. Algo no está bien cuando se toma el dato de agua renovable para la región hidrológico administrativa y se utiliza como el agua disponible en Mineral del Chico, por ejemplo. O cuando, con ayuda de un sistema de información geográfica, el mapa de agua renovable por regiones hidrológico administrativas, se representa con un tamaño de pixel de una hectárea y con eso se supone una mejora en la escala de la información. También está el caso contrario, utilizar un dato tomado para una localidad en un momento específico y usarlo como un dato de representación regional o nacional. No hay que perder de vista lo que realmente dice la información utilizada y lo que hacen los modelos incluidos, para evitar llegar a conclusiones equivocadas. Estos ejemplos sobre el uso de herramientas y métodos sofisticados son más comunes de lo que se cree cuando se maneja la información.

En términos generales, la información útil para procesos de decisión que involucran el uso y destino de los ecosistemas debe guardar coherencia y consistencia conceptual, temporal y geográfica a las distintas escalas, de manera que se eviten conclusiones erróneas y se logre realmente enriquecer los análisis y resultados (Hogart y Soyer 2015). Pocas veces sucede que la misma información con las mismas características es útil para realizar análisis a distintas escalas geográficas y temporales. Es importante distinguir qué está diciendo la información que se utiliza en la escala espacial y temporal que se está trabajando, para eso siempre es muy útil revisar los metadatos. Aunque actualmente es posible generar información con estas características, sigue requiriendo largos procesos de levantamiento en campo, integración y validación, lo que la hace poco común, además de requerir grandes presupuestos. Al final, hay que mantener siempre en mente cuál la pregunta a responder con estos análisis para determinar qué información permite lograr los propósitos del proyecto.

El planteamiento comentado en un número anterior de este blog (https://scme.mx/medir-la-condicion-de-los-ecosistemas-en-la-era-de-la-informacion/) para determinar la integridad de los ecosistemas propone una aproximación interesante y con mucho potencial para generar e integrar información a nivel nacional. Si bien este planteamiento ha incorporado mucha información, aún hay vacíos para cubrir todas las características de los ecosistemas que contempla el modelo. Por ello, contar con más información, más homogénea y más comparable, así como con marcos conceptuales robustos y técnicas que integren este babel de información requiere de esfuerzos interinstitucionales. Esfuerzos como estos pueden ser un área de colaboración entre las universidades y centros de investigación del país, pero también con los tomadores de decisiones en los distintos niveles de gobierno.

Referencias

Reseña de la autora

Georgina Alcantar López es Bióloga y Maestra en Ciencias Biológicas, por la Universidad Nacional Autónoma de México, con especialidad en Biología Ambiental. Cuenta con más de 20 años de experiencia en la generación, manejo e integración de información ambiental y de sistemas de información para distintos propósitos. Su experiencia incluye desde la construcción de modelos estadísticos predictivos espacialmente explícitos para procesos biológicos y ecológicos, hasta la construcción de escenarios e integración de información para apoyar la toma de decisiones con énfasis en la planeación del territorio y la conservación de los recursos naturales. Ha trabajado en distintos ámbitos: academia, consultoría y función pública. Ha coordinado y formado parte de grupos de trabajo con organizaciones civiles, campesinas y ambientales, académicos, autoridades de los tres niveles de gobierno y organismos internacionales. Cuenta con publicaciones en revistas científicas, participaciones en capítulos de libros y en múltiples informes técnicos y manuales. Desde el 2008 es Directora de Estadísticas Ambientales en la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Este trabajo requiere la coordinación con las fuentes de información ambiental y sus usuarios, dentro y fuera del sector, así como una cercana colaboración con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

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Saberes ambientales locales y sustentabilidad

Por: Andrés Camou Guerrero

Andres.camou@enesmorelia.unam.mx. Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Morelia. Universidad Nacional Autónoma de México.

Hoy en día se reconoce ampliamente la estrecha relación que han tenido los diversos grupos humanos con los ecosistemas, la cual se traduce en múltiples interacciones desde las cuales se plantean las agendas de investigación en diversos campos de las ciencias ambientales. Uno de los motores que actualmente impulsa dichas agendas son los procesos de deterioro ambiental cada vez más y mejor documentados (Barnosky et al. 2014). Es en este sentido que existe una larga trayectoria de investigaciones en las cuales se re-valoran y re-significan experiencias particulares de sociedades humanas en interacción con sus ecosistemas circundantes, y desde donde se considera viable crear alternativas de solución al deterioro ambiental.

Un referente clave que actualmente impulsa la búsqueda de modelos sustentables de vida es el de la diversidad biocultural y el cual explica las complejas expresiones de la diversidad cultural y biológica como “mutuamente dependientes y geográficamente coexistentes” y este axioma biocultural como lo define Nietschmann (1992), nos permite establecer un postulado central de partida: “reconociendo la amplia gama de interacciones entre las comunidades rurales y los ecosistemas, la conservación de la biodiversidad en países como México no puede estar separada de su aprovechamiento”, y por ello los saberes ambientales locales pueden ser la base para la sustentabilidad socio-ecológica. Desarrollar investigaciones sobre la diversidad biocultural en el caso de México resulta trascendental hoy en día, no solo porque se ubica como el segundo país a nivel mundial de mayor riqueza biocultural, sino también por el valor intrínseco universal que esto representa y el potencial que tiene en la búsqueda de estrategias de adaptación y modelos de desarrollo.

A partir de la década de 1960 se ha observado un creciente interés a nivel mundial por entender las múltiples formas mediante las cuales las comunidades interactúan con los ambientes donde se desarrollan. En este sentido, se reconoce que en la mayor parte del mundo existen de manera paralela, diversas modalidades de relación con la naturaleza embebidas en los contextos culturales de los pueblos indígenas y campesinos. En dichos contextos se han logrado mantener y adaptar un cúmulo de saberes generados a partir de la relación directa con la naturaleza, mismos que están profundamente arraigados a referentes simbólicos y cognitivos particulares. Al respecto es necesario hacer notar que hay diversas formas mediante las cuales se les ha denominado a estos “otros saberes o sistemas de conocimiento” y que aquí son referidos como saberes ambientales locales (SAL). La connotación de “saber” se ajusta a la planteada por Berkes (2012) en el sentido de que se les reconoce “como un cuerpo acumulativo de conocimientos, prácticas y creencias que evolucionan mediante procesos adaptativos a través de las generaciones mediante transmisión cultural”; por otro lado se integra la noción de “ambiente” en la perspectiva de denotar un saber que integra tanto la dimensión socio-cultural como la biofísica y lo “local” remarca la condición de que cualquier forma de conocimiento es el resultado de una construcción social particular, históricamente contextualizada.

La relevancia de los SAL ha motivado numerosos estudios que documentan los patrones de aprovechamiento de los recursos naturales en comunidades indígenas y campesinas los cuales reconocen que estos saberes son fundamentales para lograr los objetivos de sustentabilidad bajo el supuesto de que dichas comunidades conforman sistemas socio-ecológicos de alta resiliencia. En estos sistemas, las estructuras sociales, de conocimiento y las prácticas tecnológicas convergen en un modelo de manejo integral de los ecosistemas que se ajusta continuamente a las condiciones cambiantes de la cultura y las condiciones biofísicas, que corresponde a lo que ha sido denominado manejo adaptativo. A partir de lo anterior se ha puesto de manifiesto que el saber-hacer indígena y campesino sobre la naturaleza desarrollado en un proceso histórico de larga duración, constituye un legado de enorme valor y un referente clave en el diseño de modelos alternativos de desarrollo, así como un elemento insustituible del Patrimonio Biocultural.

Referencias

  • Barnosky, A. D., Brown, J. H., Daily, G. C., Dirzo, R., Ehrlich, A. H., Ehrlich, P. R., … & Wake, M. H. (2014). Introducing the scientific consensus on maintaining humanity’s life support systems in the 21st century: Information for policy makers. The Anthropocene Review, 1:78-109.
  • Nietschmann, B. 1992. The interdependence of biological and cultural diversity. Occassional Paper No. 21.
  • Berkes, F. 2012. Sacred ecology. Tercera Edición. Nueva York. Routledge.

Reseña del autor

Dr. Andrés Camou-Guerrero es profesor Asociado C de Tiempo Completo Definitivo en la ENES Unidad Morelia; Doctor en Ciencias por el IIES de la UNAM. Tiene una experiencia de 11 años impartiendo cursos de licenciatura y posgrado y ha dirigido 14 tesis de licenciatura y 3 de maestría. Además, actualmente dirige 6 tesis de licenciatura, 2 de maestría y 4 de doctorado. Es miembro fundador e investigador de la Red de Patrimonio Biocultural del CONACYT y presidente de la Asociación Etnobiológica Mexicana. Es tutor del posgrado en Ciencias de la Sostenibilidad, Ciencias Biológicas y Geografía Ambiental de la UNAM. Actualmente es el responsable de la línea de investigación de Procesos Bioculturales en el Territorio del Laboratorio de Estudios Transdisciplinarios sobre el Ambiente de la ENES Unidad Morelia. Tiene experiencia de trabajo con organizaciones civiles y comunidades indígenas y campesinas del norte y centro occidente de México.

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La conservación de los bosques se logrará con la silvicultura comunitaria: Caso Ejido Caborachi, Chihuahua, México

Por: Martín Martínez Salvador

Profesor de la Facultad de Zootecnia y Ecología. Universidad Autónoma de Chihuahua. msalvador@uach.mx

Poco más de una tercera parte de la población mundial habita en ecosistemas de bosques y selvas, mientras que el 100% de la población gozamos de manera directa o indirecta de los productos y servicios que producen estos ecosistemas (Figura 1), por lo que la conservación de los bosques es un asunto de interés global (Martínez-Salvador et al., 2019). En los últimos 30 años México han establecido compromisos internacionales encaminados a lograr el desarrollo sustentable (Pinedo-Álvarez et al., 2017). Entre los principales compromisos para la conservación de los bosques están el Proceso de Montreal, el Protocolo de Kyoto y la operación de los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible. En las líneas de acción de estos procesos se destaca el respeto por las costumbres y culturas, la erradicación de la pobreza, el respeto a los derechos humanos y la conservación de la naturaleza. Estos preceptos de política internacional solo podrán ser cumplidos si las estrategias de convivencia hombre-naturaleza funcionan a nivel local.

Figura 1. Panorámica del Bosque y comunidad en la sierra Tarahumara (Autor. Edgar Chaparro)
Figura 2. Imágenes de los bosques y tradición tarahumara (Autor. Martín Martínez Salvador y Edgar Chaparro)

Entre los años 1950 y 1990 la política nacional de manejo forestal estuvo controlada por las decisiones del estado y la federación (Martínez et al., 2019). Posteriormente de 1990 al 2000, en la Sierra de Chihuahua, el aprovechamiento forestal fue controlado por los industriales y comercializadores de maderas. En los últimos 20 años se ha iniciado un proceso de reconversión de la actividad silvícola que intenta ser aplicada con base en las decisiones e involucramiento de los dueños de los bosques. Esta nueva silvicultura es la llamada “Silvicultura Comunitaria”, la cual se ha fortalecido, además, por los procesos políticos de organización social vinculadas con los principios de gobernanza ambiental.

El ejido Caborachi está localizado a 23 kilómetros de la ciudad de Guachochi, Chihuahua, sobre la carretera federal a Parral en la parte alta de la Sierra Tarahumara. En 1954, la comunidad fue dotada de una superficie de 27, 997 ha de bosques templados. El ejido está integrado por 421 ejidatarios, 387 hombres y 34 mujeres. Esta comunidad está conformada mayoritariamente por población indígena de la etnia Tarahumara, también llamada Rarámuri (Rara “Pie”, Muri “Corredor) (Figura 2). Esta nota es un reconocimiento al esfuerzo que los habitantes de esta comunidad indígena han realizado para retomar el control y conservación de sus recursos con base en su cosmovisión, la cual eleva por sobre todas las decisiones el respeto a la naturaleza y por convertirse un ejemplo exitoso de silvicultura comunitaria.

Figura 3. Patio del Aserradero del ejido Caborachi con representantes de la Comunidad (Autor. Martín Martínez Salvador).

Los usos y costumbres de la comunidad indígena Tarahumara están íntimamente relacionados con la protección y conservación de los recursos naturales (Agua-Suelo-Plantas-Animales), con respeto a lo que la Madre Tierra y el Padre Dios proveen (Guerrero et al., 2000). El sistema de aprovechamiento del bosque de acuerdo con la visión de la comunidad indígena se basa en un tema de saneamiento y protección del ecosistema procurando conservar la complejidad del paisaje. Esta visión no contraviene las propuestas de desarrollo sustentable; sin embargo, la globalización de los mercados, las formas de comercialización y la propia legislación, constantemente están en contra de los intereses de los dueños de los bosques. Ante esto, la comunidad y ejido Caborachi han desarrollado un sistema de organización que involucra la participación de todos sus miembros a través de un sistema de gobierno llamado “Consejo Consultivo”, el cual fue creado en el año 2013 y está formado por un presidente, un secretario, un tesorero, un promotor forestal comunitario que vincula a la comunidad con las dependencias del estado y la federación, un técnico forestal que elabora el programa de manejo con base en la regulación actual y la teoría silvícola, el comisariado ejidal, los gobernadores indígenas y una persona representante de cada localidad que se encuentra dentro del territorio de los bosques de Caborachi. Este consejo plural opera bajo un reglamento específico que garantiza la voz y voto de todos sus participantes. De esta manera han encontrado un camino armónico para el manejo de sus recursos naturales, el respeto de los usos y costumbres, la promoción de sus tradiciones y el acompañamiento para el logro de las aspiraciones de sus habitantes (Figura 3).

Actualmente el Ejido Caborachi cuenta con certificaciones internacionales de buen manejo de sus bosques y de cadena de custodia por parte de Forest Stewardship Council. El objetivo principal de la silvicultura comunitaria se refiere al acceso de los dueños de los recursos al uso y manejo de sus bienes, así como a la toma de decisiones. Este objetivo no está desvinculado de las aspiraciones de los tratados nacionales e internacionales para la protección del ambiente. El ejemplo del ejido Caborachi muestra que la organización incluyente para la producción forestal es una alternativa viable para caminar hacia el uso y manejo pacífico y equitativo de los ecosistemas forestales. 

Referencias

  • Martínez Salvador, M., Sosa Pérez, G., Chacón Sotelo, J. M., Pinedo Álvarez, A., Villarreal Guerrero, F. and Prieto Amparan, J. A. (2019). El monitoreo forestal por medio de Sitios Permanentes de Investigación Silvícola en Chihuahua, México. Revista mexicana de ciencias forestales10(55), 56-78.
  • Pinedo-Álvarez, C., Chacón-Chumacero, K. O., Pinedo-Álvarez, A., Martínez-Salvador, M., Rentería-Villalobos, M., Santellano-Estrada, E., and Rodríguez-Piñeros, S. (2017). Using Social, Economic and Land-Use Indices to Build a Local Sustainability Index in a Mining Region of the Sierra Tarahumara, Mexico. Resources6(3), 42.
  • Guerrero, M. T., Reed, C., y Vegter, B. (2000). La industria forestal y los recursos naturales en la Sierra Madre de Chihuahua: impactos sociales, económicos y ecológicos. México: Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, AC & Texas Center for Policy Studies.

Reseña del autor

El Dr. Martín Martínez Salvador es ingeniero en zonas áridas y maestro en ciencias forestales por la Universidad Autónoma Chapingo, doctorado en Uso, manejo y preservación de los recursos naturales por el CIBNOR y posdoctorado en ecología por Oregon State University. Ha publicado más de 60 artículos científicos y 4 libros técnicos, ha participado en diversos comités técnicos y de investigación nacionales e internacionales en temas de manejo de ecosistemas forestales, ha sido galardonado con los premios de ciencia y tecnología en Durango en 2008 y Chihuahua en el año 2012. Fungió como líder del Programa Nacional de Investigación en Manejo Forestal Sustentable y Servicios Ambientales del INIFAP, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor de tiempo completo en la Facultad de Zootecnia y Ecología de la universidad Autónoma de Chihuahua.

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¡Sin maguey no hay mezcal, pero sin territorio no hay identidad!

Por: Ignacio Torres-García

Licenciatura en Ciencias Agroforestales, Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. itorresg@enesmorelia.unam.mx

La crisis sanitaria mundial por la que atravesamos actualmente ha sido relacionada directamente con los daños ambientales que los patrones de intensificación de los modelos productivos imperantes han provocado. La transformación y pérdida de grandes áreas silvestres como reservorios de biodiversidad y múltiples beneficios ecosistémicos, la gran contaminación de suelos, agua y aire, así como la extracción desmedida y comercialización de vida silvestre, las podemos ver reflejados en un desbalance climático y ambiental generalizado. Estos fenómenos ponen en riesgo, no solo a todas las formas de vida en el planeta, sino que también a nuestra propia existencia como especie. Lamentablemente, en Latinoamérica incluido México, los patrones de intensificación en lugar de estar disminuyendo o tratándose de aminorar sus efectos, se agudizan día a día, incluso pareciera que el confinamiento actual ha sido una ventana de oportunidad para ampliar la frontera de esta intensificación, a pesar de las advertencias señaladas por la comunidad científica, la realidad sanitaria que estamos experimentando y el sentido ético común. La expansión de las franjas aguacateras, los túneles de berries y los monocultivos de agave son parte de un patrón de agro-extractivismo que tiene solamente un objetivo, el económico, sin preocuparse en las consecuencias ambientales o socioculturales (y mucho menos de remediarlas), ocasionadas en los territorios donde son implementados estos modelos agroindustriales (Tetreault et al. 2021).

La primer Denominación de Origen (DO) en México fue la de un destilado, el tequila. Su desarrollo marcó la transformación masiva de miles de hectáreas de bosques secos, determinando la pérdida de toda su biodiversidad, en “desiertos azules”, es decir monocultivos sin diversidad genética que son dependientes de agrotóxicos. Determinando también la perdida de intrincadas relaciones de las sociedades que ocupaban y cultivaban de manera tradicional esos territorios y los múltiples recursos. La especialización del territorio marca una tendencia que invisibiliza y diluye el conocimiento tradicional, las diversas oportunidades que representa el territorio y sus especies e inclusive los múltiples usos que tienen los agaves (Torres-García et al. 2019). Esta tendencia sigue agudizándose con la expansión de la DO mezcal (la DO más grande del mundo) y la replicación de esta, con la cuestionable creación de la DO raicilla. Si revisamos los informes anuales de los distintos consejos reguladores de estas agroindustrias, su mayor indicador de éxito es la cantidad de litros exportados, cantidad que ha crecido exponencialmente en los últimos 10 años. Una evidencia reciente de la gravedad en estos patrones de intensificación ocurrió en este 2020, en medio de la pandemia deforestaron cerca de 50 hectáreas de izotales conservados, para establecer monocultivos de agave, en las inmediaciones y dentro de la Reserva de la Biosfera de Tehuacán-Cuicatlán, en la porción poblana, en un proyecto relacionado con una empresa cuyo objetivo es la exportación y utilizando estrategias ventajosas de renta de tierras (Figura 1).

Figura 1. Deforestación de vegetación conservada en la Reserva de la Biosfera de Tehuacán-Cuicatlán para establecer monocultivos de Agave. El área semi-árida más biodiversa de México. Julio 2020. Créditos: CONANP.

A pesar de este desolador panorama existen en la actualidad diversas experiencias de manejo ejemplar y amigable con la biodiversidad que han sido identificadas gracias a un proyecto colectivo llamado la Red Nacional de Manejadores de Maguey Forestal, representado por MILPA A.C. (Manejo Integral y Local de Productos Agroforestales). Algunos ejemplos de estas experiencias son: el manejo forestal comunitario practicado en Guerrero (Illsley et al. 2018), diversos sistemas de manejo agroforestal en Oaxaca, Michoacán, Jalisco (Figura 2). Estos sistemas de manejo tienen un valor inmenso, ya que se conservan cuatro aspectos fundamentales que se han perdido en otros esquemas donde se han adoptado manejos intensivos: 1) la diversidad genética de la especie y su conservación como planta silvestre y recurso natural, 2) el ecosistema y un alto porcentaje de las especies animales, vegetales, microorganismos, etc., 3) beneficios ambientales y 4) el tejido social y las formas de gobernanza local. La diversidad de recursos presentes en estos agroecosistemas le da vida y sustentan a las sociedades y culturas locales que las manejan. Desde la Red de Manejadores de Maguey Forestal hemos desarrollado cuatro reuniones nacionales para propiciar el intercambio de conocimiento de campesino a campesino, propiciar el diálogo de saberes, reforzar las capacidades locales, acercando a las experiencias y difundiendo el valor de una visión integral del territorio agavero y la inclusión del conocimiento tradicional.

Valdría la pena preguntarnos de dónde viene el destilado que tomamos y cómo podríamos apoyar a estas valiosas experiencias que representan un esfuerzo por tratar de conservar el equilibrio entre una actividad económica, la conservación del ambiente y la identidad sociocultural.

Figura 2. Manejo agroforestal de Agave cupreata en las inmediaciones sureñas del Municipio de Morelia y Tzitzio. En este sistema se conservan diversas especies arbóreas, así como beneficios ecosistémicos y muchos otros recursos forestales no maderables. Diciembre 2020 (autor: Ignacio Torres-García).

Referencias

  • Illsley, C., Torres-García, I., Hernández-López, J. J., Morales-Moreno, P., Varela-Álvarez, R., Ibañez-Couch, I., & Nava-Xinol, H. 2018. Manual de manejo campesino de magueyes mezcaleros forestales. México: Grupo de Estudios Ambientales AC. ISBN: 978-607-95925-1-6
  • Tetreault, D., McCulligh, C., & Lucio, C. 2021. Distilling agro‐extractivism: Agave and tequila production in Mexico. Journal of Agrarian Change 1-23. DOI: 10.1111/joac.12402
  • Torres-García, I., Rendón-Sandoval, F. J., Blancas, J., & Moreno-Calles, A. I. 2019. The genus Agave in agroforestry systems of Mexico. Botanical Sciences97(3), 263-290. DOI: 10.17129/botsci.2202

Reseña del autor

Ignacio Torres-García estudió biología en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y su maestría y doctorado en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad dentro del Posgrado de Ciencias Biológicas de la UNAM. Ha colaborado con ONG´s y asociaciones campesinas mezcaleras en el Proyecto de la Red Nacional de Manejadores de Maguey Forestal, proyecto que involucra el intercambio de saberes campesinos y la difusión de técnicas de manejo in situ de especies de agave mezcaleras utilizando técnicas participativas. Es profesor investigador de la Licenciatura en Ciencias Agroforestales de la ENES UNAM Campus Morelia, asociado al Laboratorio de Estudios Transdisciplinarios Ambientales y pertenece a la Red Temática de Sistemas Agroforestales de México. Es parte del Consejo Técnico Académico de la Red Temática de Productos Forestales No Maderables de CONACyT y del consejo del proyecto Batfriendly. Además, forma parte de la asociación civil Manejo Integral y Local de Productos Agroforestales (MILPA A.C.)

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Conocimiento y manejo tradicional de ecosistemas en el Valle de Tehuacán

Por: Mariana Vallejo Ramos.

Jardín Botánico-Instituto de Biología, UNAM. mariana.vallejo@ib.unam.mx

La manera más básica en que el humano se ha relacionado con los ecosistemas es mediante el aprovechamiento. La recolección de frutos, la cacería, la pesca, la obtención de maderas de los bosques, la agricultura y la ganadería, son diversas formas en las que aprovechamos la biodiversidad. Los seres humanos hemos aprendido a lo largo de su historia cómo aprovechar esos recursos de la mejor manera, buscando la forma en que los elementos que están en la naturaleza no se agoten y estableciendo una serie de estrategias que permitan seguir aprovechándolos de manera sustentable; proceso que se ha visto alterado en distintos momentos, sobrepasando a la naturaleza y resultando en consecuencias catastróficas. Así, a lo largo de miles de años, se han generado experiencias y conocimientos que han permitido inventar una diversidad de formas de aprovechamiento y al mismo tiempo, han cambiado el paisaje y a los seres vivos. Esta interacción entre el humano y la biodiversidad ha creado cientos de nuevas especies domesticadas y miles de variedades tanto de plantas como animales.

Actualmente permanecen dentro de las comunidades tradicionales un cúmulo de conocimientos, prácticas, habilidades, técnicas y saberes. Con base en ese conocimiento adquirido y pasado de generación en generación toman decisiones sobre el uso que se le da a los ecosistemas, llevando a cabo un proceso de selección y de acciones sobre los recursos naturales.

Un ejemplo de una región que alberga comunidades tradicionales que han interactuado con sus ecosistemas por miles de años, conservando aún una enorme riqueza biológica, es el Valle de Tehuacán-Cuicatlán, el cual se localiza entre los estados de Puebla y Oaxaca. En esa zona se han registrado más de 3,000 especies de plantas de las cuales 365 son endémicas a la región. Además, cuenta con la presencia de ocho grupos étnicos indígenas, constituyendo así una región biocultural de riqueza excepcional (Dávila et al. 2002).

El conocimiento y prácticas tradicionales dentro de las comunidades presentes en la zona, se expresa en distintos aspectos, se tienen registro de casi 2000 especies de plantas que se utilizan con diversos propósitos (medicinales, comestibles, ornamentales, forrajeras, etc) y 1600 especies vegetales manejadas directamente en los sistemas agrícolas. Los pobladores identifican los beneficios de las plantas, pero también los detalles sobre su distribución, abundancia, interacciones con otras plantas y animales; de la misma manera, conocen sobre germinación, crecimiento y fenología. Todos esto influye significativamente en sus decisiones sobre qué y cómo manejar sus recursos (Casa et al. 2014).

Es importante señalar que el conocimiento tradicional, en la región, no es un proceso terminado, se encuentra en constante construcción, lo que permite desarrollar prácticas de manejo que se adaptan ante los cambios ambientales y culturales; incorpora nuevas técnicas, herramientas y prácticas productivas, sin que esto signifique necesariamente la depredación de sus ecosistemas. Por ejemplo, la agricultura presenta un gradiente, desde prácticas milenarias con una antigüedad aproximada de 10 000 años, hasta la incorporación de maquinaria y agroquímicos de manera intensiva. Sin embargo, subsiste una visión integral de aprovechamiento múltiple de los recursos. El manejo campesino incluye a la vegetación silvestre, conservando especies nativas. Mediante el manejo constante de los sistemas agrícolas se han creado en la región muchas especies, variedades, sistemas y paisajes. Los cuales son mantenidos y utilizados por grupos culturales, comunidades, familias e individuos; mediados por las creencias, rituales, tradiciones, reglas de uso, conocimientos y las innovaciones desarrolladas en el tiempo (Vallejo et al. 2016).

Resultado de la larga historia de uso, el paisaje del Valle de Tehuacán-Cuicatlán es un mosaico de comunidades rurales indígenas y mestizas, con áreas agrícolas y ganaderas, asentamientos humanos y huertos familiares. Dicho mosaico está inmerso en grandes extensiones de bosques naturales que han sido manejados durante miles de años y que albergan altos niveles de biodiversidad. Todas estas áreas productivas, forestales y ocupadas por humanos son reservorios de una alta biodiversidad y del patrimonio biocultural de México.

Figura 1. Paisaje en el Valle de Tehuacán-Cuicatlán. Autor Tania Paola Vázquez Delfín
Figura 2. Bosque de Echinocactus platyacanthus. Autor Tania Paola Vázquez Delfín

Referencias

  • Casas, A., Camou, A., Otero-Arnaiz, A., Rangel-Landa, S., Cruse-Sanders, J., et al. 2015. Manejo tradicional de biodiversidad y ecosistemas en Mesoamérica: el Valle de Tehuacán. Investigación ambiental Ciencia y política pública, 6(2).
  • Dávila, P., Arizmendi, M. D. C., Valiente-Banuet, A., Villaseñor, J. L., Casas, A., Lira, R. 2002. Biological diversity in the Tehuacán-Cuicatlán valley, Mexico. Biodiversity & conservation, 11(3):421-442.
  • Vallejo, M., Moreno-Calles, A. I., Casas, A. 2016. TEK and biodiversity management in agroforestry systems of different socio-ecological contexts of the Tehuacan Valley. Journal of ethnobiology and ethnomedicine, 12(1):1-15.

Reseña de la autora

Mariana Vallejo Ramos bióloga por la Facultad de Ciencias de la UNAM, Maestría y Doctorado en el Posgrado en Ciencias Biológicas, UNAM. Actualmente es investigadora en el Jardín Botánico del Instituto de Biología de la UNAM, a cargo del laboratorio de “Conservación y manejo de comunidades vegetales”. Ha sido docente en la carrera de Ciencias Ambientales en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM y en Biología de la Facultad de Ciencias. Parte de sus investigaciones son sobre el manejo de socio-ecosistemas y cómo estos espacios de interacción hombre-naturaleza pueden conservar altos niveles biodiversidad. Ha estudiado los agroecosistemas, en particular los sistemas agroforestales tratando de entender qué son, quiénes los manejan, cómo se manejan, los motivos de generarlos y mantenerlos, cómo es que están representados en el territorio, qué elementos del paisaje influyen en el establecimiento de ellos, haciendo énfasis en la capacidad de conservación de biodiversidad.

Contacto:

Teléfono: 5556229045

Correo: mariana.vallejo@ib.unam.mx

Researchgate: https://www.researchgate.net/profile/Mariana_Vallejo2

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El tema emergente de los paisajes térmicos

Por: James I. Watling

Universidad John Carroll, Cleveland, Ohio, USA. jwatling@jcu.edu

Un cambio ambiental importante en paisajes antrópicos es el reemplazo del bosque, con sus temperaturas relativamente bajas y homogéneas, por coberturas de tierra más cálidas y térmicamente más variadas (Figura 1). De hecho, la temperatura puede variar más de 10 °C durante el día en pocos metros entre el borde de un bosque y un portero (Figura 2). Este cambio en el “paisaje térmico” puede representar un filtro importante para muchas especies, sobre todo en los trópicos, donde las especies evolucionaron en un rango de temperaturas más estrecho que las especies de regiones más templadas.

Figura 1. Área recién deforestada, cuyas temperaturas son más altas y más variables que el bosque remanente al fondo.
Figura 2. Imagen térmica del borde entre el bosque (colores fríos) y un potrero (colores calientes), indicando las ‘manchas calientes’ en amarillo donde las temperaturas de la superficie puede sobrepasar los 50 °C.

Los animales ectotermos, especies como la mayoría de los peces, artrópodos, anfibios y reptiles (Figura 3), no mantienen una temperatura corporal metabólicamente constante. En cambio, su temperatura corporal, y consecuentemente, su actividad, varían según la temperatura ambiental donde se encuentren. Así, si su temperatura corporal se acerca a sus “límites térmicos críticos”, los individuos se verán obligados a dejar de hacer actividades importantes como el forrajeo o la búsqueda de refugio. En casos extremos, los individuos pueden llegar a morir si las temperaturas se mantienen altas por demasiado tiempo. Este proceso a nivel poblacional puede resultar en la redistribución de especies y comunidades biológicas en paisajes modificados.

Figura 3. Los anfibios y reptiles son vulnerables a los cambios térmicos en paisajes antrópicos.

En los últimos años, he trabajado con varios estudiantes en Colombia para entender las consecuencias de dichos cambios en el paisaje térmico para los anfibios y reptiles. Nuestros hallazgos indican que las especies con menor tolerancia a temperaturas altas son especialmente sensibles a los efectos negativos de la pérdida y fragmentación del bosque. En cambio, especies con “límites térmicos críticos” más altos pueden resistir las temperaturas altas y persistir en las coberturas de tierra intervenidas. También encontramos evidencias de que las especies con menor tolerancia a las temperaturas altas son más susceptibles a la creación de bordes forestales.

El estudio del paisaje término se ha vuelto más relevante que nunca dentro del contexto del cambio climático global. Para ello, el estudio de gradientes ambientales altitudinales es particularmente valioso, al representar un “laboratorio biológico” natural (Figura 4). En particular, el paisaje término está típicamente asociado con la altitud: la temperatura promedio del aire desciende alrededor de 6.5 °C por cada 1000 m de aumento en altitud. Sin embargo, dicha variación altitudinal puede depender de (e interaccionar con) la transformación antrópica del paisaje. El resultado es un paisaje térmico altamente cambiante dependiendo tanto de la altitud como del grado de perturbación del paisaje. En algunos casos, especies restringidas a los bosques de tierras bajas aprovechan las temperaturas más suaves de las zonas intervenidas en tierras altas, y sus abundancias pueden llegar a ser mayores en estas coberturas intervenidas que en el bosque. Esto se debe a que las especies tienen temperaturas preferidas, y el cambio de uso de suelo a lo largo del gradiente altitudinal puede “forzarlas” a refugiarse en aquellas coberturas que presentan dichas temperaturas preferidas.

Figura 4. Las montañas tropicales son paisajes térmicos altamente variables, sobre todo en áreas con intervención antrópica.

Evolutivamente, es común que los anfibios y reptiles tengan una capacidad de adaptación limitada en cuanto su ecología térmica, sobre todo a temperaturas altas. De hecho, en nuestro laboratorio hemos documentado disminuciones en la abundancia de una especie forestal en zonas protegidas de tierras bajas, mientras que las poblaciones en puntos más altos están logrando mantenerse. Algunas especies pueden amortiguar los cambios térmicos debido al cambio climático escogiendo macro- o micro-hábitats en base a sus condiciones ambientales. Sin embargo, las limitaciones térmicas evolutivas sugieren que la interacción entre el cambio climático y el cambio paisajístico puede representar una grave amenaza para especies tropicales en el futuro. Por tanto, preservar el bosque nativo e incentivar la sucesión secundaria pueden ser estrategias importantes para permitir a las especies moverse entre los paisajes térmicamente más amigables.

Referencias

  • Nowakowski, A.J., Watling, J.I., Whitfield, S.M., Todd, B.D., Kurz, D.J., Donnelly, M.A. 2016. Tropical amphibians in shifting thermal landscapes under land use and climate change. Conservation Biology 31:96-105.
  • Nowakowski, A.J., Watling, J.I., Thompson, M.E., Brusch, G.A., Catenazzi, A.l., Whitfield, S.M., Kurz, D.J., Suárez-Mayorga, A., Aponte-Gutiérrez, A.F., Donnelly, M.A., Todd, B.D. 2018. Thermal biology mediates responses of amphibians and reptiles to habitat modification. Ecology Letters 21:345-355.
  • Tuff, K.T., Tuff, T., Davies, K.F. 2016. A framework for integrating thermal biology into fragmentation research. Ecology Letters 19:361-374.

Reseña del autor

James I. Watling (izda) es profesor asociado de la Universidad John Carroll en Cleveland, Ohio, USA. Con sus estudiantes y colaboradores, integra observaciones de campo, experimentos y modelaje espacial para entender cómo responden las especies al cambio global.

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