Carbono almacenado en los suelos de los humedales del Golfo de México: el oro negro desconocido y en peligro de desaparecer

Por: María Elizabeth Hernández Alarcón

Red de Manejo Biotecnológico de Recursos.
Instituto de Ecología A.C.
elizabeth.hernandez@inecol.mx

Los humedales son zonas de transición entre ecosistemas terrestres y acuáticos, que se caracterizan por tener el suelo inundado o saturado de agua por largos periodos que permiten el crecimiento de vegetación adaptada a vivir bajo dichas condiciones. Los humedales costeros se forman con la entrada de agua de mar a los estuarios y lagunas, formando un gradiente de humedales salinos, salobres y de agua dulce. Dicho gradiente inicia con los pastos marinos y continúa hacia dentro con los humedales salobres como los manglares, y tierra adentro se encuentran los humedales de agua dulce como las selvas y los palmares inundables, seguidos de los humedales herbáceos que pueden tener vegetación de hojas anchas llamados popales o plantas con hojas alargadas llamados carrizales, tulares y juncales (Figura 1). Este gradiente de humedales costeros es típico y se puede encontrar en la línea costera tropical húmeda de México, incluidas las áreas del Golfo de México.

Los humedales ocupan solo entre el 4 y el 6% de la superficie de la tierra; sin embargo, se consideran de suma importancia globalmente por su potencial para almacenar carbono. Dicha capacidad se debe a la alta productividad de la vegetación de los humedales, que captura el bióxido de carbono CO2 atmosférico y lo convierte en carbono orgánico mediante la fotosíntesis. Cuando los residuos de las plantas llegan al suelo, éstos se descomponen lentamente debido a las condiciones anaerobias que predominan en los suelos inundados, favoreciendo la acumulación de materia orgánica semi- descompuesta llamada turba.

Los manglares del Gofo de México en distintas regiones de Veracruz y Tabasco almacenan de 180 a 829 Mg C ha-1, las selvas inundables de 601 a 3023 Mg C ha-1 y los humedales herbáceos de 350 a 1103 Mg C ha-1 (Figura 2). El promedio del carbono almacenado en los ecosistemas terrestres mexicanos es de 62.5 Mg C ha-1 (Bezaury-Creel, 2009). En este contexto, los mangales del Gofo de México almacenan de 2.9 a 13.3 veces más carbono que los sistemas terrestres y los humedales de agua dulce (selvas inundables y humedales herbáceos) de 5.6 a 49 veces más carbono que los ecosistemas terrestres. Dicha comparación debe de tomarse con cautela, ya que el área de los humedales es menor que la de los ecosistemas terrestres. Sin embargo, es un hecho que las reservas de carbono en los humedales de agua dulce son altas y que dichos ecosistemas han sido ignorados en su función como sumideros de carbono a nivel nacional. Los manglares son el único tipo de humedal que está protegido en México. Sin embargo, los humedales de agua dulce no lo están y son los que más área ocupan en el país y frecuentemente tienen más carbono almacenado en sus suelos. Es importante mencionar que cuando los humedales son drenados, el carbono semi- descompuesto en sus suelos, se oxida fácilmente a CO2, regresando a la atmosfera, convirtiéndose en fuente y no sumideros de carbono. Por otro lado, cuando los humedales se convierten a potreros inundables, el cambio del tipo de vegetación y la compactación del suelo altera el equilibrio de las comunidades de bacterias metanogénicas y metanotróficas incrementando la emisión de metano que es un potente gas de efecto invernadero. De allí la necesidad de contar con políticas públicas que impulsen la conservación de los humedales para que sigan siendo sumideros de carbono y ayuden a mitigar el calentamiento global.

Referencias

  • Bezaury-Creel J. E. 2009. El Valor de los Bienes y Servicios que las Áreas Naturales Protegidas Proveen a los Mexicanos. The Nature Conservancy Programa México – Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. México.pp.1-32

Reseña de la autora

María Elizabeth Hernández Alarcón. Licenciada en Química Farmacéutica Biológica por la Universidad Veracruzana, Maestra en Ciencias en Biotecnología por el Instituto Tecnológico de Veracruz y Doctora en Ciencias Ambientales por la Universidad del Estado de Ohio, USA. Actualmente es Investigador Titular B de la Red de Manejo Biotecnológico de Recursos del instituto de Ecología con 25 años de antigüedad en esta institución. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores SNI, Nivel 1, su línea de investigación es la Ingeniería Ecológica y Biogeoquímica de humedales. Investiga la captura de carbono y emisión de gases de efecto invernadero en humedales naturales y diseña humedales construidos para el tratamiento de aguas, la producción de flores y energía limpia a través de la producción de bioelectricidad en dichos sistemas. Autor de diversas publicaciones a nivel nacional e internacional, responsable de proyectos con financiamiento de CONACYT, SEMARNAT entre otros y ha formado estudiantes de Doctorado, Maestría y Licenciatura

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Humedales costeros: centinelas de la salud de las cuencas

Por: Hugo López Rosas

Academia de Desarrollo Regional Sustentable
El Colegio de Veracruz
Carrillo Puerto 26, Zona Centro, Xalapa 91000, Veracruz
hugo.loper@gmail.com

Los humedales costeros del Golfo de México son mucho más extensos que los del Pacífico en el territorio mexicano. Esto es debido a la presencia de cuencas extensas por las que se arrastra una gran cantidad de sedimentos que se depositan continuamente en las partes más bajas del terreno: las costas. Sin embargo, cuando se interrumpe el flujo de sedimentos, como ha ocurrido por la construcción de diques en el río Misisipí (Meade y Moody, 2010), se corre el riesgo de la pérdida de superficies de humedales costeros. Además, por su ubicación geográfica, los humedales son vertedero temporal o permanente, no sólo de sedimentos, sino de una gran cantidad de residuos transportados por el agua de forma visible (p. ej., residuos sólidos como plásticos –Figura 1) o invisible (p. ej., nutrientes, plaguicidas, metales, medicamentos, hormonas, etc.). Los humedales costeros tienen influencia marina de forma directa (entrada de agua salina) o indirecta (niveles de agua influenciados por mareas) y sus entradas de agua dulce son de forma superficial (precipitación, inundación por desbordamiento de ríos), o subterránea (Neri-Flores et al., 2019). La entrada de agua subterránea es de forma permanente y continua (Yetter, 2004); mientras que la entrada superficial es en forma de pulsos.

Figura 1. Depósito de residuos sólidos en humedales costeros de Tamiahua, Veracruz. Algunos residuos, como los plásticos, son vertidos en los cauces de agua, donde son arrastrados a las partes más bajas hasta terminar en los humedales costeros.

Por lo descrito arriba, los humedales costeros son ecosistemas que funcionan como centinelas del manejo de la cuenca. Por ejemplo, cuando se implementan nuevos distritos de riego en las partes alta o media de las cuencas hidrológicas para el mantenimiento de campos de cultivo, disminuye la cantidad de agua que llega a la cuenca baja, donde están los humedales costeros, provocando su desaparición o la reducción de su extensión. Cuando disminuye la cantidad de agua que llega por gravedad a la costa, los espejos de agua también se reducen porque son reemplazados por la planta acuática Typha domingensis (conocida en México como tule o enea), esto ocurre porque disminuye la profundidad de la columna de agua permitiendo que las raíces de la planta se fijen al fondo. Otra situación muy común que ocurren en los humedales es la saturación de nutrientes por el exceso de fertilizantes empleados en los campos de cultivo. Cuando la columna de agua se satura de nutrientes, como nitrógeno o fósforo, las poblaciones de plantas acuáticas flotantes, como el lirio acuático (Eichhornia crassipes) o la lechuga de agua (Pistia stratiotes), aumentan de forma explosiva llegando a remplazar lo que antes era un lago con un extenso espejo de agua, por un nuevo ecosistema dominado por plantas flotantes. En ambos ejemplos, el problema de fondo no son las plantas, no se puede considerar una invasión biológica porque no son plantas que hayan roto una barrera geográfica y estén creciendo en una región diferente a donde se originaron. En el primer ejemplo el problema es la extracción excesiva de agua en la cuenca, en el segundo ejemplo el problema es el uso excesivo de fertilizantes. Ambos ejemplos pueden agravarse si hay deforestación en la cuenca, ya que esta aumenta la cantidad de sedimentos que son arrastrados hacia los humedales durante la época de lluvias, provocando el azolvamiento y gradual desaparición de los humedales costeros.

En el presente estudio se pretendió resaltar la importancia de la investigación en humedales costeros, que incluya el monitoreo de hidrófitas, las entradas de agua dulce y su calidad, el aporte de sedimentos, como una herramienta indispensable para la identificación de indicadores bióticos y abióticos del estado de salud de la cuenca y, con base en esto, tomar las mejores decisiones para un manejo integral.

Referencias

  • Meade, R.H. y J.A. Moody. Causes for the decline of suspended–sediment discharge in the Mississippi River system, 1940–2007. Hydrological Processes 24:35-49. 2010.
  • Neri-Flores, I., P. Moreno-Casasola, L. A. Peralta-Peláez y R. Monroy. Groundwater and River Flooding: The Importance of Wetlands in Coastal Zones. Journal of Coastal Research 92:44-54. 2019.
  • Yetter, J.C. Hydrology and Geochemistry of Freshwater Wetlands on the Gulf Coast of Veracruz, Mexico. Tesis de Maestría, Universidad de Waterloo. 2004

Reseña del autor

Hugo López Rosas es biólogo egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Hizo un doctorado en ciencias (Ecología y Manejo de Recursos Naturales) en el INECOL. Es profesor-investigador de tiempo completo en El Colegio de Veracruz donde es miembro de la Academia de Desarrollo Regional Sustentable. Su línea de investigación es la ecología de ecosistemas costeros tropicales, con énfasis en las relaciones agua-suelo-planta y el efecto de disturbios. Ha impartido cursos de licenciatura, maestría y doctorado sobre Manejo de Recursos Naturales, Ecología de Humedales, Restauración de Humedales, Métodos Estadísticos Multidimensionales, Métodos de Diagnóstico socio-ambiental. Ha ejecutado proyectos sobre restauración de humedales, conectividad hidrológica de humedales-manglares y dinámica de la vegetación de humedales. Es autor/coautor de 16 artículos de investigación y 24 capítulos de libro sobre ecología y restauración de ecosistemas costeros .

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Opresión costera en Veracruz

Por: Marisa Martínez

Instituto de Ecología, A.C., Red de Ecología Funcional. marisa.martinez@inecol.mx

La opresión costera es un proceso en el cual la distribución y permanencia de los ecosistemas costeros se ven amenazadas debido a la combinación de dos fenómenos que ocurren en el océano y en el continente. Por un lado, el incremento en el nivel del mar y la mayor intensidad y frecuencia de tormentas, productos del cambio climático, pueden inducir procesos de erosión crónica, que son acelerados e inusuales. La respuesta esperada frente a la nueva línea de costa, combinada con cambios en la distribución de zonas inundables y la intrusión salina, es la migración tierra adentro de las especies y ecosistemas costeros. Sin embargo, por otro lado, esta migración puede verse interrumpida por la presencia de infraestructura humana (ciudades, carreteras, diques) a lo largo de las costas. Cuando esto ocurre, se dice que existe un proceso de opresión costera. En pocas palabras, los hábitats costeros desaparecen en presencia de la opresión costera (Figura 1). Estudios recientes han revelado que este fenómeno es muy frecuente a nivel mundial, y México no es la excepción.

Figura 1. Cuando ocurre un proceso de opresión costera se pierde el hábitat de los ecosistemas naturales. En la foto se observa que no existe espacio entre el hotel y el océano (Foto: M. Martínez)

Uno de los estados con un creciente riesgo a un proceso de opresión costera es Veracruz. Las costas de Veracruz se extienden a lo largo de 745 km y son de alta relevancia ecológica, social y económica. Contienen una gran diversidad de ecosistemas, que incluyen arrecifes coralinos, pastos marinos, dunas costeras, manglares y lagunas costeras. La población humana y las actividades económicas también son importantes. El 27% de la población estatal (alrededor de dos millones de personas) viven a menos de 20 km de la costa y la quinta parte de las ciudades son costeras. Dos de los puertos comerciales más grandes del país están ubicados en Veracruz y además, el turismo de sol y playa es una actividad económica fuerte.

Recientemente se han hecho estudios para analizar el riesgo que tienen las costas veracruzanas de estar expuestas a una opresión costera. Se exploraron diversos aspectos que pueden inducir la ocurrencia de este fenómeno: a) erosión de la línea de costa; b) riesgo de inundación por incremento en el nivel del mar, así como por tormentas; c) presencia de ciudades y destinos turísticos (Figura 2). Por último, se analizó el efecto que la opresión costera podría tener sobre la distribución de dos especies de plantas que son endémicas de las dunas costeras de México.

Figura 2. La opresión costera es el resultado de varios fenómenos: incremento de intensidad y frecuencia de tormentas; inundaciones y erosión, combinados con alto impacto de las actividades humanas. (Fotos públicas, excepto urbanización: M. Martínez)

Los resultados indican que la erosión en las costas veracruzanas ocurre de manera heterogénea, con zonas de pérdida muy acelerada de línea de costa y otras mucho más estables. Las zonas donde está ocurriendo una erosión acelerada también están expuestas a inundaciones severas y que además coinciden con la presencia de ciudades y destinos turísticos, como son el Puerto de Veracruz y alrededores, Alvarado y Coatzacoalcos. Lo anterior indica que, justamente aquí es donde el riesgo de opresión costera es mayor. Por último, se ha encontrado que la distribución de las dos especies vegetales disminuiría entre el 2 y el 15% para Palafoxia lindenii (clavelillo de arena), y un 6 y 28% en el caso de Chamaecrista chamaecristoides (lenteja de playa) (Figura 3).

          Figura 3. El clavelillo de arena (Palafoxia lindenii) y la lenteja de playa (Chamaecrista chamaecristoides) son dos plantas endémicas de las dunas costeras de México, que pueden verse amenazadas por la opresión costera (Fotos: M. Martínez)

El diagnóstico sobre la opresión costera en Veracruz muestra la necesidad de tomar acciones para contrarrestar este fenómeno. Por ejemplo, el proceso de urbanización debe ser organizado e implementarse sobre zonas adecuadas para ello, que no estén expuestas a las inundaciones ni a la erosión. Es necesario evitar la construcción masiva (y muchas veces innecesaria), de diques y escolleras a la que actualmente se enfrentan las costas veracruzanas y que inducen en muchos casos una erosión crónica. Además, se deben restaurar y rehabilitar los ecosistemas naturales que estén deteriorados, manteniendo, al menos, las especies clave de los ecosistemas. Por último, es recomendable implementar esquemas de protección de las costas basadas en ecosistemas. 

Referencias

  • Martínez, M.L., Mendoza-González, G., Silva-Casarín, R., E. Mendoza-Baldwin. 2014. Land use changes and sea level rise may induce a “coastal squeeze” on the coasts of Veracruz, Mexico. Global Environmental Change 29:180-188.
  • Lithgow, D., Martínez, M.L., Gallego-Fernández, J.B., Silva, R., D.L. Ramírez-Vargas. 2019. Exploring the co-occurrence between coastal squeeze and coastal tourism in a changing climate and its consequences. Tourism Management 74: 43-54.
  • Silva, R., Martínez, M.L., van Tussenbroek, B., Guzmán-Rodríguez, L.O., Mendoza, E., J. López-Portillo. 2020. A framework to manage coastal squeeze. Sustainability 12: 1-20.

Reseña de la autora

Marisa Martínez
Investigadora Titular C, Instituto de Ecología, A.C. (INECOL), Xalapa, Ver. (marisa.martinez@inecol.mx)
Bióloga y Doctora en Ecología y Ciencias Ambientales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Es investigadora en la Red de Ecología Funcional en el Instituto de Ecología A.C., un Centro Público de Investigación perteneciente al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT). Sus estudios se enfocan en ecosistemas costeros, básicamente las playas y dunas costeras, y buscan la comprensión de procesos ecológicos, la restauración, así como el análisis de los servicios ecosistémicos que aportan la sociedad, tal como la protección contra el impacto de tormentas basada en ecosistemas. Ha publicado una centena de artículos científicos, 16 libros y 20 capítulos de libro. Participa en el proyecto CEMIE-Océano, donde es la responsable de la coordinación del proyecto Ecología e Integración con el Ambiente, que tiene por objetivo mitigar los posibles efectos en el ambiente que puede llegar a tener la generación de energía eléctrica a partir del océano. 

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En la búsqueda de soluciones a los retos del Golfo de México

Por: Debora Lithgow

Red de Ambiente y Sustentabilidad – Instituto de Ecología, A.C.
INECOL; debora.lithgow@inecol.mx

En las últimas décadas, la calidad de vida en las comunidades costeras del Golfo de México se ha visto afectada severamente por eventos extremos y el deterioro ambiental. Una respuesta podría ser invertir en recuperar ecosistemas costeros y marinos. En este sentido, el Panel de Alto Nivel para una Economía Oceánica Sostenible ha señalado que este tipo de intervenciones provee beneficios equivalentes a cinco veces el valor de la inversión. Por lo tanto, en el Golfo de México, las soluciones basadas en la naturaleza podrían considerarse como una inversión estratégica para favorecer la recuperación, equitativa e inclusiva, tras la pandemia y de frente al Cambio Climático.

Aunado a lo anterior, la década 2021-2030 fue denominada por la ONU como la década de la acción para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En esta década, todos los países firmantes se comprometieron a impulsar estrategias que se conviertan en soluciones a los retos actuales. Uno de estos retos es lograr la gestión del riesgo costero que incluye procesos crónicos, como la erosión de playas, y súbitos como las erosiones e inundaciones asociadas a eventos extremos. Actualmente, la inversión enfocada en disminuir el riesgo costero es considerada una acción prioritaria a nivel global. Para ello, es necesario transitar de medidas reactivas como la ayuda humanitaria después de un desastre hacia soluciones integrales que permitan la reducción de los daños e incrementen la resiliencia tanto de los ecosistemas como de las comunidades. Debido a que la infraestructura de protección tradicional ha demostrado no siempre ser adecuada, otras opciones como la infraestructura verde costera están siendo implementadas.

Las Soluciones Basadas en la Naturaleza (SbN), como la infraestructura verde, han ganado fuerza en este siglo porque proveen un abanico de acciones para proteger, manejar y restaurar sistemas, tanto naturales como modificados, que a su vez ayudan a solucionar desafíos sociales (UICN, 2020). Este enfoque podría funcionar en el Golfo de México donde se enfrentan retos ecológicos y sociales simultáneamente que se retroalimentan entre sí. Por ejemplo, la necesidad de: reducir el riesgo de desastres como las inundaciones de 2020, incrementar la capacidad de adaptación de las comunidades costeras a los efectos del Cambio Climático; y disminuir la pérdida de biodiversidad derivada de la degradación de los ecosistemas.

El Golfo de México es una de las regiones más estudiadas del país y se ejecutan esfuerzos de conservación, restauración y monitoreo desde el siglo pasado. La información base, experiencia y capacidad técnica son ventajas que se pueden aprovechar para el co-diseño y co-implementación, con las comunidades, de proyectos SbN. También, al reconocer que la solución de los retos sociales, además de los de conservación, son prioridad de los proyectos a implementar, podría incrementar la disponibilidad a participar e invertir en los mismos (Figura 1).

Figura 1. Los desafíos que enfrenta el Golfo de México pueden resolverse aprovechando los recursos técnicos de la región a través de la inversión en Soluciones basadas en la Naturaleza.

La crisis de salud actual ha resaltado la importancia de tomar decisiones oportunas basadas en el conocimiento disponible, la importancia del monitoreo cuidadoso y de la capacidad de adaptar las medidas tomadas conforme más evidencia es recabada. Este proceso de identificar, priorizar y actuar rápidamente no es algo nuevo en circunstancias que ponen en riesgo la supervivencia humana inmediata. Sin embargo, las decisiones para resolver otras crisis son mucho más lentas, aunque exista evidencia suficiente de que comprometen nuestra supervivencia a largo plazo (como los efectos del cambio climático). Uno de muchos motivos es nuestra tendencia a ignorar situaciones abrumadoras. Si acompañamos nuestros hallazgos sobre la crisis ambiental actual con propuestas concretas que reconozcan los alcances de esfuerzos a distintas escalas (individuales, comunidad, etc.) podría incrementar la disponibilidad a participar en la co-generación de soluciones.

Referencias

  • Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). 2020. Estándar global de la UICN para soluciones basadas en la naturaleza. Primera edición. ISBN: 978-2-8317-2060-9.

Reseña de la autora

Debora es Investigadora de la Re de Ambiente y Sustentabilidad en el INECOL. Antes de ello, fue Investigadora posdoctoral en el Instituto de Ingeniería de la UNAM por tres años y en la Universidad de Sevilla por dos años. Es bióloga egresada de la UAM-X con Maestría en Ecología y Doctorado en Manejo de Recursos Naturales. Su línea de investigación se enfoca en el diseño de estrategias de manejo, con un enfoque basado en ecosistemas, para favorecer la recuperación de la resiliencia de los sistemas costeros y los servicios provistos por los mismos. Por lo anterior, se ha especializado en sistemas de toma de decisiones, restauración e infraestructura verde. En estos temas ha colaborado con diferentes instituciones nacionales e internacionales, tanto gubernamentales como académicas para el diseño de proyectos de manejo y planeación que favorezcan la adaptación de las comunidades costeras a los efectos del Cambio Global.
Página personal: http://inecol.mx/personal/index.php/ambiente-y-sustentabilidad/223-dra-debora-lithgow

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Estudios sobre degradación de los ecosistemas en México: ¿Ya chole?

Por: Melanie Kolb

Instituto de Geografía, UNAM. melanesien@gmail.com

Conocer la condición de los ecosistemas es un requisito básico para poder manejarlos adecuadamente, sin embargo, evaluarla hasta el momento no ha sido posible a gran escala. Actualmente, expresar la condición es un reto mayor, ya que no contamos con un sensor o una escala de medición para estimar la estructura, composición y función de los ecosistemas, como lo explica Miguel Equihua con más detalle en una texto publicado en un ecoblog anterior (https://scme.mx/medir-la-condicion-de-los-ecosistemas-en-la-era-de-la-informacion/) donde describe  una propuesta colaborativa para generar un índice de integridad ecosistémica.  Considerar explícitamente las actividades humanas en el contexto de la integridad, puede aportar indicios valiosos para la estimación de la condición de los ecosistemas (ver también el texto de Angélica Hernández en este mismo número). Además de la reconocida relación de actividades humanas con la biodiversidad, existen bases de datos espaciales muy extensas para representar ciertas actividades humanas en el espacio, lo que explicaría porque muchos índices de condición ecosistémica sólo están basados en ellos. Desde hace algunos años, México cuenta con un modelo espacial de impactos humanos sobre la biodiversidad, a partir del cual, se ha reportado el estado de biodiversidad ante la CBD (véase quinto informe 2014 en https://www.biodiversidad.gob.mx/planeta/internacional/implementacion_cbd_mex).

Para mejorarlo, se están rediseñando todos los módulos del modelo en el marco del proyecto “Uso de big data para la gestación ambiental del desarrollo sostenible (Integridad Gamma / iGAMMA)” (CONACyT 296842). El equipo de trabajo sobre degradación está a cargo de establecer las bases para su modelación e incorporación en el índice de integridad ecosistémico; como parte de este proyecto hemos revisado de manera sistemática la literatura existente para México, con el fin de hacer un metaanálisis que establezca relaciones de dosis respuesta (DRR por sus siglas en inglés). Con ello se cumplirá con el objetivo de estimar el efecto de la presión/perturbación (dosis) en el estado (respuesta) de los ecosistemas terrestres y, en particular, el impacto del uso del suelo, la infraestructura y fragmentación resultante de las actividades humanas y sus demandas subyacentes de recursos.

La revisión sistemática de la literatura* arrojó algunos resultados sorprendentes y también preocupantes.  A pesar de que la búsqueda arrojó 3,134,699 resultados iniciales, de los cuales se descargaron 1,774 documentos por cumplir con los primeros filtros (título y resumen), los documentos que cumplieron con la calidad de los datos y sobre todo el diseño de experimento para decidir si cumple con los requisitos mínimos de calidad apenas sobrepasó el 2% de los documentos revisados: 6 para el tema de fragmentación, 9 para infraestructura y 21 para uso del suelo. Esto significa, por un lado, que no es material suficiente para hacer un metaanálisis confiable de la literatura publicada para México, ya que los análisis estadísticos realizados carecen de robustez debido al número muy reducido de publicaciones orientados a los temas de interés. El problema principal detectado durante la selección de publicaciones es la falta de rigor metodológico en las publicaciones existentes, además de una heterogeneidad muy grande en las variables presentadas en los estudios. Debido a esto, una gran cantidad de estudios no cumplió con los criterios para la realización del metaanálisis.

A pesar de que no se puede generar una relación cuantitativa o documentar el efecto de la presión sobre el estado en las comunidades biológicas, de manera cualitativa fue posible identificar las variables de dosis (presión) y de respuesta (estado) para cada tema (Figura 1).

Figura 1. Diagrama DPSIR de los factores de presión (fragmentación, infraestructura y del uso del suelo) revisados en la literatura y su impacto en los ecosistemas de México. En negro se muestran los elementos que forman parte de la revisión sistemática de la literatura; en naranja los aspectos a tomar en cuenta para la conversión del metaanálisis a una relación de dosis-respuesta. (D) indica que un componente se considera como dosis, (R) indica una respuesta.

Retomando la pregunta del título de este texto, ¿ya chole?, nuestra investigación muestra que a pesar de que sean temas “clásicos” y ampliamente abordados en diferentes áreas de la ecología, biología de la conservación y sobre todo en la ecología del paisaje, en México no contamos con un cuerpo de información publicado y analizable como para conocer con confianza qué tan degradados están los ecosistemas en México y los factores que lo provocan. Realmente hace falta retomar estos trabajos con un enfoque más sistemático y sobre todo con diseños experimentales que permitan obtener datos válidos y comparables.

* Se realizaron búsquedas de la literatura disponible en inglés y español sobre estudios en ecosistemas mexicanos que tenían como objetivo cuantificar cómo la infraestructura carretera, el uso del suelo o la fragmentación afectan la biodiversidad con datos in situ, usando una serie de palabras clave. Cabe de destacar que ni los grupos taxonómicos, el año de publicación u observación, ni el tipo de revista eran limitantes para la selección de documentos. Para mayores detalles metodológicos, véase Kolb et al. en prep.

Reseña de la autora

Dra. Melanie Kolb. Es investigador asociado C de TC del Instituto de Geografía (UNAM) y cuenta con el SNI nivel 1. De 2005 a 2016 trabajó en diferentes aspectos relacionados con la planeación de la conservación en la CONABIO.
Después de transitar por varios tópicos de la biogeografía, análisis espacial, planeación y priorización, impactos humanos a la biodiversidad y su análisis prospectivo, actualmente su trabajo se enfoca a servicios ecosistémicos hídricos:
· Hidrogeografía y ecohidrología en el marco de sistemas socio-ecológicos.
· Vulnerabilidad de ecosistemas al cambio global y planeación sistemática de la conservación usando indicadores de biodiversidad.
Melanie Kolb, en conjunto con el Dr. Leopoldo Galicia, está a cargo del Laboratorio de Ciencia Aplicada y Colaborativa (CARSE) del Instituto de Geografía, dónde se integran diferentes disciplina y enfoques participativos para impulsar transformaciones urgentes, para enfrentar los retos del cambio global.
Forma parte del grupo de expertos del System of Environmental-Economic Accounting (SEEA) Experimental Ecosystem Accounting (EEA) de las United Nations Statistical Division (UNSD), the United Nations Environment Programme (UNEP) TEEB Office, and the Secretariat of the Convention on Biological Diversity (CBD), financiado actualmente por la Unión Europea.
También participó como lead author en el primer reporte global de IPBES (Intergovernmental Science‑Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services), donde era responsable de la sección de servicios ecosistémicos bajo escenarios futuros. De manera periódica participa en eventos nacionales organizados por la representación nacional de esta plataforma, así como de otras redes de investigación.

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La geografía de la huella humana en los ecosistemas de México

Por: Angélica Hernández Guerrero

Dirección de Análisis e Indicadores Ambientales. Dirección General de Estadística e Información Ambiental. Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales.  angelica.guerrero@semarnat.gob.mx

Los ecosistemas han sido alterados por los seres humanos desde que los primeros homínidos comenzaron a aprovechar los recursos naturales para satisfacer sus necesidades de alimentación y materiales. Sin embargo, el impacto de las actividades antropogénicas en el ambiente se intensificó a partir de las revoluciones agrícola e industrial (ver texto “Hacia el equilibrio sociedad-naturaleza” publicado en Nexos por la SCME https://medioambiente.nexos.com.mx/?p=1664).

Ambos procesos, el primero con un origen que data de hace aproximadamente 10 000 años y el otro con poco más de 200 años, permitieron pasar de una simple apropiación de la naturaleza a una de producción que involucró nuevos métodos y herramientas más eficaces para explotar grandes extensiones de tierra para actividades agropecuarias, industriales, turísticas y el transporte de personas y materiales. Estas actividades, además del uso de máquinas para la extracción masiva de minerales y fuentes de energía, han dejado gradualmente una huella que en la actualidad se refleja en la integridad de los ecosistemas a nivel mundial.

Gracias al desarrollo de tecnologías satelitales, desde hace algunas décadas, se han desarrollado métodos de análisis que permiten evaluar la superficie del planeta que ha sido afectada por actividades humanas. Particularmente, dentro de la ecología humana y del paisaje, se utilizan métodos de teledetección y de ciencia de la información geográfica (SIG) para estudiar la relación entre las sociedades humanas y su entorno biofísico.

Los modelos espacialmente explícitos permiten expandir las escalas espacio-temporales de los análisis de la condición de los ecosistemas. Un método basado en información de tipo geoespacial que permite evaluar el impacto de las actividades antropogénicas en ambientes terrestres es el de la “huella humana” (HH), definida como la transformación de los ambientes físicos y de los ecosistemas que sostienen por efecto de las actividades humanas (Theobald, 2013).

Sanders y colaboradores (2002) evaluaron el impacto de las actividades humanas, en particular la densidad poblacional, el cambio de uso del suelo y la infraestructura eléctrica. A partir de ese trabajo de se han desarrollado otras evaluaciones, todas ellas con el supuesto de que el impacto de las actividades antropogénicas sobre el ambiente es resultado del tipo de actividad que se realiza, de la superficie que ocupa y de la acumulación de actividades que se tenga en ella a través del tiempo (González-Abraham et al., 2015).

El número de variables que se incluyen en estas evaluaciones se ha ido incrementando conforme lo hace la cantidad y calidad de información ambiental espacial disponible en los países. Por ejemplo, Venter y colaboradores (2016), adicionaron en un modelo de HH factores como la iluminación nocturna, vías férreas, caminos y  vías navegables. De acuerdo su análisis, en 2009 alrededor del 75% de la superficie terrestre mostraba algún grado de impacto por el hombre (Figura 1a) y, en algunas regiones, en 16 años el impacto humano se había reducido ligeramente (Figura 1b).

Figura 1. Huella humana mundial en 2009 y el cambio en 16 años (1993 a 2009).

En la DGEIA de la Semarnat se realizó una estimación de la HH en México. Esta estimación incluyó información espacial de libre acceso de actividades productivas, entre ellas la agricultura, ganadería, acuicultura, plantaciones forestales o minería a cielo abierto, la presencia de zonas urbanas, industriales y de infraestructura (vías de comunicación, presas, aeropuertos, canales, líneas de transmisión eléctrica y sitios de disposición de residuos sólidos, entre otras). El ejercicio para el país estimó que en 2011, 53.3 % del país aún tenía superficie significativamente sin transformar, aunque poco más del 25% de la superficie nacional tenía niveles altos o muy altos de presencia de actividades humanas (Figura 2).

Figura 2. Modelo de huella humana para México 2011. Fuente: Semarnat. Población y medio ambiente. En: Semarnat. Informe de la Situación del medio ambiente en México. Semarnat, México. 2015

Estos modelos muestran como la ciencia de datos aplicada al campo de conocimiento de los ecólogos permitirá identificar los fenómenos que impactan a los ecosistemas cada vez a escalas más finas; conocimiento que puede ser aplicable en la planificación del territorio y la conservación de la naturaleza.

Referencias

  • González-Abraham, C., E. Ezcurra, P. P. Garcillán, A. Ortega-Rubio, M. Kolb y J. E. Bezaury C. The human footprint in Mexico: physical geography and historical legacies. PLoS ONE 10(3). 2015.
  • Theobald, D. M. A general model to quantify ecological integrity for landscape assessments and US application. Landscape Ecology 28: 1859–1874. 2013
  • Venter, O. et al. Sixteen years of change in the global terrestrial human footprint and implications for biodiversity conservation. Nature Communications. DOI: 10.1038/ncomms12558. 2016.

Reseña de la autora

Angélica Hernández. Bióloga por la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestra en Ciencias por el Instituto de Ecología y candidata a Doctora por el Instituto de Biología, ambos de la UNAM. Ha sido profesora en dicha universidad en las carreras de Biología y Ciencias de la Tierra, así como profesora invitada en el curso de posgrado sobre Sistemas de Información Geográfica del Instituto de Geofísica. Actualmente es Jefa de Departamento en la Dirección de Estadísticas e Información Ambiental de la Semarnat, en donde realiza análisis tabulares y espaciales, informes ambientales, así como la actualización y el seguimiento de diversos indicadores nacionales e internacionales. A la par de su formación profesional ha estado interesada en la divulgación de la ciencia y en la comunicación del conocimiento científico a la sociedad. Por ello, ha escrito tres libros sobre Biología y Ecología y Medio Ambiente para Bachillerato y ha colaborado en instituciones de divulgación como el museo de las ciencias Universumy el Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa (ILCE), entre otras instituciones.

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La evaluación de la salud de los ecosistemas acuáticos mediante el uso de biomonitoreo con macroinvertebrados acuáticos

Por: Eugenia López López.

Instituto Politécnico Nacional. Escuela Nacional de Ciencias Biológicas. eulopez@ipn.mx

Los ecosistemas dulceacuícolas son los más amenazados en todo el mundo, especialmente aquellos en países en desarrollo, debido a su acelerada industrialización, urbanización y crecimiento demográfico, así como cambios en el uso del suelo en sus cuencas de captación. Se estima que estos ecosistemas contienen casi el 10% de las especies de animales de la Tierra, por lo que se requiere poner mayor atención en conocer su condición para garantizar su conservación. Esto implica necesariamente contar con métodos y herramientas de monitoreo y evaluación confiables y factibles.

Una herramienta que ha cobrado importancia en la gestión del agua es el biomonitoreo, el cual se define como el uso de variables o respuestas biológicas para monitorear los cambios en el ambiente. Diversos organismos dulceacuícolas se utilizan como bioindicadores. Los macroinvertebrados son considerados los más adecuados para el biomonitoreo porque proporcionan el mayor rendimiento costo-beneficio, son relativamente inmóviles, son ubicuos, viven en estrecho contacto con los sedimentos y la columna de agua, y exhiben un amplio espectro de tolerancia a los contaminantes.

Las respuestas de estas comunidades de macroinvertebrados incluyen desde una fuerte reducción en las especies presentes hasta disminuciones de su abundancia en áreas impactadas, con predominio de especies tolerantes; las especies sensibles sólo estarán presentes en entornos de bajo impacto. El biomonitoreo proporciona información fáctica sobre el estado actual y las tendencias pasadas de las condiciones ambientales. El uso de esta técnica se ha vuelto popular, especialmente en los países en desarrollo, ya que no requiere equipos costosos ni sofisticados y reduce los costos de operación e insumos en análisis fisicoquímicos. Actualmente existen más de 100 índices biológicos para evaluar los ambientes dulceacuícolas. Uno de los más importantes es el índice “Biological Monitoring Working Party” (BMWP), desarrollado en el Reino Unido en la década de los 70´s. Debido a su facilidad de uso el BMWP se ha extendido a varios países. Este índice mide la respuesta diferencial de invertebrados acuáticos a los déficits de oxígeno causados ​​por contaminación orgánica. Para su aplicación, el BMWP debe ser adaptado y calibrado para cada región ecológica, debido a las diferencias en la composición taxonómica regional ocasionada por sus historias ecológica, zoogeográfica y geológica, así como de los impactos antrópicos.

La bioindicación con macroinvertebrados se ha empleado en América Latina; sin embargo, en México, la información sobre bioindicación en general es escasa y el biomonitoreo aún no se incluye en la legislación vigente.

El grupo de trabajo del Laboratorio de Evaluación de la Salud de los Ecosistemas Acuáticos de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, desarrolló una metodología para obtener los valores de bioindicación de los diferentes grupos de macroinvertebrados mediante un procedimiento estadístico que integra la composición y abundancia de los ensambles de macroinvertebrados del río en estudio, los datos fisicoquímicos del agua, y los parámetros de la calidad del hábitat. Este procedimiento lo aplicamos exitosamente en Panamá para la bioevaluación de sus corrientes superficiales (BMWP/PAN). En México hemos calibrado el BMWP para los ríos Apatlaco y Chalma-Tembembe (Morelos), Río Bobos (Veracruz), ríos Salado y Grande de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán (Puebla-Oaxaca), ríos Extoráz, Escanela-Jalpan, Ayutla y Santa María en la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda (Querétaro) y en el río Sinaloa (Sinaloa). Adicionalmente, se desarrolló una aplicación móvil para su uso en el monitoreo participativo en la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán (Fig. 1), el cual se lleva a cabo en colaboración con la Dirección de la Reserva (CONANP) y las comunidades de los pobladores originarios (Fig. 2). Esto permitirá un seguimiento espacial y temporal de los ríos Grande y Salado (Fig. 3), para coadyuvar en el establecimiento de las directrices para la conservación y gestión de los cuerpos de agua de esta Reserva.

Fig. 1. Aplicación móvil con el BMWP calibrado para el monitoreo participativo en la evaluación de la salud de los ríos a) y catálogo plegable con las fotografías de los macroinvertebrados acuáticos y resultados de la evaluación del río Bobos, Veracruz.
Fig. 2. Biomonitoreo participativo con pobladores originarios de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.
Fig. 3. Río Grande en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.

Reseña de la autora

Dra. Eugenia López López. Doctorado en Ecología por la Escuela Nacional de Ciencia Biológicas (ENCB) del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Con cuatro estancias de investigación: Universidad de Baylor-Estación Ecológica Chapla (Limnología Experimental), Universidad EARTH (macroinvertebrados bentónicos) Universidad de Oviedo, España (Evaluación de DNA ambiental) Instituto Gorgas, Panamá (descomposición de la hojarasca y su relación con las comunidades de macroinvertebrados acuáticos). Profesora investigadora del ENCB-IPN. Integrante de la Planta docente de la licenciatura en Biología y del Núcleo Básico Posgrado en Ciencias Químico Biológicas (maestría y doctorado). Con 75 publicaciones en journals indizados y 17 capítulos de libros. Ha dirigido proyectos con diferentes fuentes de financiamiento. Distinciones: Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 2. Reconocimiento de la Convención Internacional RAMSAR y de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de México por el Proyecto de investigación en el humedal de la Laguna de Yuriria. Ha participado como Instructora Ad honorem, en el Taller “Calibración y Validación del BMWP/PAN (Biological Monitoring Working Party para Afluentes Superficiales de Panamá)”, invitada por el Ministerio de Ambiente y el Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, Panamá, 2016. Ha sido editora de libros y volúmenes especiales sobre Ecología Acuática. Es revisora de diferentes journals indizados.

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La contabilidad de los ecosistemas en las cuentas económicas y ambientales

Por: Miguel Equihua, Griselda Benítez, Octavio Pérez Maqueo y Julián Equihua

Las Naciones Unidas está desarrollado un nuevo sistema de cuentas ambientales (Smith 2007). Se le denomina la “Contabilidad de Ecosistemas del Sistema de Contabilidad Ambiental y Económico (SCAE CE)”.  La Comisión de Estadística de las Naciones Unidas acordó adoptarla como estándar estadístico en su 52a sesión en marzo de 2021. El sistema se ha desarrollado para dar respuesta a las crecientes necesidades de políticas que buscan hacer visible las contribuciones de los ecosistemas a la economía, así como las afectaciones reciproca que la economía genera en ellos. En varios países, incluyendo a México (proyecto NCAVES[1]) se han venido realizando estudios piloto para lograr el acopio e integración de información sobre la variedad de tipos de ecosistemas reconocibles en el país, así como sobre los servicios que aportan, utilizando datos a nivel macroeconómico.

En esta iniciativa se parte de incorporar a los ecosistemas en términos contables con referencia a dos atributos principales: extensión y condición. Por extensión se entiende directamente la cobertura espacial de los diferentes ecosistemas. La condición se define como la calidad de cada ecosistema y se propone estimarla a partir de un conjunto de indicadores clave. La condición califica el estado funcional del ecosistema tanto en relación con el grado de preservación del estado natural como con el potencial para suministrar servicios ecosistémicos. A partir de estos datos, se busca caracterizar en general las existencias de los “activos ecosistémicos” así como el estado en el que se encuentran en el país. Además, también interesa documentar los cambios que ocurran en el tiempo.

Estos datos biofísicos forman parte de la base de cálculo para medir del valor monetario de los beneficios que los ecosistemas dan a la sociedad, que es la meta contable de la SCAE CE. La idea es que la capacidad[2] del ecosistema i, para ofertar un tipo k de servicio, a la sociedad puede expresarse como una función tanto de su extensión como de su condición y de algunos atributos específicos, a, del ecosistema:

En el caso de México, para documentar la extensión se recurrió a la comparación de una variante condensada a 32 clases, de las Series de Uso del Suelo y Vegetación de INEGI. Documentar la condición requirió la incorporación de productos adicionales y se optó por usar el Índice de Integridad Ecosistémica calculado con modelos de redes bayesianas (modelos del ámbito de la “inteligencia Artificial” Pearl 2018; Sierra et al., 2018) y a partir de datos del sistema MadMEX de CONABIO y del INFyS de CONAFOR (ver también https://scme.mx/medir-la-condicion-de-los-ecosistemas-en-la-era-de-la-informacion/).

Dada la heterogeneidad en la resolución, criterios y temporalidad de la información potencialmente disponible para utilizarse en el cálculo de la integridad se consideró interesante construir una herramienta computacional que permitiera interoperar a través de ellas. Para hacerlo se desarrolló un enfoque también basado en redes bayesianas que se integró como se ilustra en la Figura 1.

Fig. 1. Estructura de a red sobre interoperabilidad de representaciones ecológicas y de uso.

En la literatura del “Aprendizaje Automatizado”, el modelo se puede utilizar para generar distintos tipos de “razonamiento automatizado”, en términos deductivos, inductivo y diagnósticos principalmente. Una de muchas posibles interacciones interesantes con la red es simplemente notar su estado base o a priori. De acuerdo con nuestros resultados un gran porcentaje del territorio nacional tiene todavía lo que se etiquetó como “vegetación natural” (80.6%) lo cual no implica que se encuentra en buen estado ya que se estimó también un índice de Huella Humana global de alrededor del 26% y un Índice de integridad Ecosistémica de 67%.

Considerando la flexibilidad y potencia de cómputo de los modelos que estamos utilizando, proponemos que pueden ser de utilidad para visualizar los datos contables geoespacializados con los que operará la contabilidad de los ecosistemas terrestres de México a través de la SCAE CE. Con base en esta estructura consideramos que es también factible incorporar información social y económica y vincularla así con la extensión de los ecosistemas, su condición y los servicios ecosistémicos con el fin de desarrollar políticas propicias para avanzar hacia un bienestar sustentable de la gente en armonía con la naturaleza.


[1] Proyecto de Contabilidad de Capital Natural y de Valoración de Servicios Ecosistémicos  (NCAVES, por sus siglas en inglés) fue financiado por la Unión Europea y está siendo implementado en México bajo el liderazgo del INEGI, en colaboración con SEMARNAT, la División de Estadísticas de las Naciones Unidas y el Programa de las Naciones Unidas para Medio Ambiente.

[2] “[Capacidad es la habilidad de un ecosistema para] generar un servicio ecosistémico en las condiciones, la gestión y los usos actuales que tenga, alcanzando el nivel más alto de rendimiento o uso sin degradar el suministro futuro del mismo ni de otros servicios ecosistémicos

Referencias

Reseña de los autores

Miguel E. Equihua Zamora. equihuam@gmail.com. Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Cursó la Especialidad en Estadística Aplicada del IIMAS de la UNAM. La Maestría en Computación Aplicada a la Biología y Doctorado en Ecología, ambos por la Universidad de York, Inglaterra. Es Investigador Titular C en el Instituto de Ecología, AC (Inecol). Conformo y lidereo el proyecto CiberCiencia que dio acceso a literatura científica especializada en línea para los centros CONACyT, lo que impulso el Consorcio Nacional (CONRICyT: http://www.conricyt.mx/). Ecólogo orientado a la sustentabilidad y la modelación numérica de la relación sociedad naturaleza. Ha participado y coordinado 80 proyectos aplicados de evaluación ambiental tanto para Instituciones públicas como privadas, así como proyectos de investigación en ciencia básica.

Griselda Benítez Badillo. griselda.benitez@inecol.mx. bióloga por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1984). Maestría en la Universidad de York, Inglaterra (M. Phl. 1994) y el Doctorado en Agroecosistemas Tropicales en el Colegio de Posgraduados (2011). Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores Nivel I. Investigador Titular A de la Red de Ambiente y Sustentabilidad del Instituto de Ecología. Botánica de formación, actualmente está enfocada al entendimiento de la dinámica de cambio ambiental, particularmente la pérdida de la cobertura vegetal en las ciudades atribuidos a la urbanización. Tiene 69 Proyectos de Gestión Ambiental para entidades gubernamentales federales y locales, en los que la filosofía fue generar y aplicar conocimiento para propiciar la gestión ambiental sustentable y orientar proyectos de aprovechamiento de los recursos naturales con una perspectiva de conservación de la biodiversidad y de los valores ambientales del país. Participó en la elaboración del “Programa Veracruzano ante el Cambio Climático” (2008, INE-SEMARNAT y el Fondo de Oportunidades Estratégicas del Reino Unido). Éste fue el 1er. Programa hecho a nivel estatal en el País.

Octavio M. Pérez-Maqueo. octavio.maqueo@inecol.mx. Biólogo egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM, Maestría y Doctorado del Instituto de Ecología AC. Investigador Titular B de la Red de Ambiente y Sustentabilidad del Instituto de Ecología. Su trabajo se centra en la importancia de los ecosistemas costeros como sistemas de protección contra huracanes y la valoración económica de éstos.  Su principal interés es entender la relación entre la sociedad y los sistemas ecológicos que generan servicios ecosistémicos. Para ello, en colaboración con otros investigadores y tomadores de decisión estudia los procesos biofísicos y socioeconómicos asociados a los programas de pago por servicios ecosistémicos. Participa con cursos dentro del posgrado del INECOL, enfocados a la modelación: Introducción a la Investigación y Análisis de Sistemas y Modelación. Además, ha sido Profesor invitado en diversos cursos de la Maestría y Doctorado del Posgrado en Ecología y Manejo de Recursos Naturales del Instituto de Ecología A.C. Ha participado en más de 20 estudios ambientales y coordinado algunos de ellos. Es autor o coautor de 20 publicaciones y 19 reportes técnicos.

Julián Equihua. jequihua@conabio.gob.mx. Matemático aplicado y geomático.  Interesado en la aplicación de la ciencia de datos a problemas ecológicos de gran escala (landscape ecology, biogeography, macrosystems biology).

Ha trabajado principalmente en desarrollar algoritmos de detección de cambios con base en imágenes satelitales, en flujos de trabajo para generar cartografía de parámetros estructurales de la vegetación de México y en la estimación de la integridad de sus ecosistemas.

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De la disponibilidad de información a la toma de decisiones: un camino no bien pavimentado

Por: Georgina Alcantar López

Dirección de Estadísticas Ambientales. Dirección General de Estadística e Información Ambiental. SEMARNAT. georgina.alcantar@semarnat.gob.mx

Es común leer o escuchar la frase “Las decisiones deben estar basadas en el conocimiento”. Esta simple frase supone dos cosas fundamentales: que hay conocimiento disponible y que hay decisiones que se toman sin usar ese conocimiento. En la ciencia de la información, hacerse de conocimiento implica tanto la comprensión de información como la calidad de la información resulta del análisis e interpretación de datos (Brackett 2013). Por lo tanto, lograr que las decisiones sean tomadas con base en conocimiento requiere hacerse de la información disponible y, por supuesto, comprenderla. Desde la academia es común pensar que los tomadores de decisiones no conocen o no entienden la información disponible y por eso no la utilizan. Y entre tomadores de decisiones la percepción general es que la información académica atiende solo a los intereses del investigador, lo que limita su utilización.

El avance científico y tecnológico permite contar con herramientas que relacionen grandes cantidades de información en tiempos cada vez más cortos. Sin embargo, aun cuando existen terabytes de información, la realidad es que muy poca resulta útil para trabajos que requieren la identificación de comportamientos espaciales y temporales (UN Environment 2019).

Uno de los factores que limitan el uso de la información existente tiene que ver con la resolución espacial y temporal de la información. Es un sinsentido tomar los datos gruesos generados a una escala nacional y usarlos para caracterizar una localidad o, por el contrario, suponer que información de una localidad pueda, en automático, extrapolarse como dato nacional. Algo no está bien cuando se toma el dato de agua renovable para la región hidrológico administrativa y se utiliza como el agua disponible en Mineral del Chico, por ejemplo. O cuando, con ayuda de un sistema de información geográfica, el mapa de agua renovable por regiones hidrológico administrativas, se representa con un tamaño de pixel de una hectárea y con eso se supone una mejora en la escala de la información. También está el caso contrario, utilizar un dato tomado para una localidad en un momento específico y usarlo como un dato de representación regional o nacional. No hay que perder de vista lo que realmente dice la información utilizada y lo que hacen los modelos incluidos, para evitar llegar a conclusiones equivocadas. Estos ejemplos sobre el uso de herramientas y métodos sofisticados son más comunes de lo que se cree cuando se maneja la información.

En términos generales, la información útil para procesos de decisión que involucran el uso y destino de los ecosistemas debe guardar coherencia y consistencia conceptual, temporal y geográfica a las distintas escalas, de manera que se eviten conclusiones erróneas y se logre realmente enriquecer los análisis y resultados (Hogart y Soyer 2015). Pocas veces sucede que la misma información con las mismas características es útil para realizar análisis a distintas escalas geográficas y temporales. Es importante distinguir qué está diciendo la información que se utiliza en la escala espacial y temporal que se está trabajando, para eso siempre es muy útil revisar los metadatos. Aunque actualmente es posible generar información con estas características, sigue requiriendo largos procesos de levantamiento en campo, integración y validación, lo que la hace poco común, además de requerir grandes presupuestos. Al final, hay que mantener siempre en mente cuál la pregunta a responder con estos análisis para determinar qué información permite lograr los propósitos del proyecto.

El planteamiento comentado en un número anterior de este blog (https://scme.mx/medir-la-condicion-de-los-ecosistemas-en-la-era-de-la-informacion/) para determinar la integridad de los ecosistemas propone una aproximación interesante y con mucho potencial para generar e integrar información a nivel nacional. Si bien este planteamiento ha incorporado mucha información, aún hay vacíos para cubrir todas las características de los ecosistemas que contempla el modelo. Por ello, contar con más información, más homogénea y más comparable, así como con marcos conceptuales robustos y técnicas que integren este babel de información requiere de esfuerzos interinstitucionales. Esfuerzos como estos pueden ser un área de colaboración entre las universidades y centros de investigación del país, pero también con los tomadores de decisiones en los distintos niveles de gobierno.

Referencias

Reseña de la autora

Georgina Alcantar López es Bióloga y Maestra en Ciencias Biológicas, por la Universidad Nacional Autónoma de México, con especialidad en Biología Ambiental. Cuenta con más de 20 años de experiencia en la generación, manejo e integración de información ambiental y de sistemas de información para distintos propósitos. Su experiencia incluye desde la construcción de modelos estadísticos predictivos espacialmente explícitos para procesos biológicos y ecológicos, hasta la construcción de escenarios e integración de información para apoyar la toma de decisiones con énfasis en la planeación del territorio y la conservación de los recursos naturales. Ha trabajado en distintos ámbitos: academia, consultoría y función pública. Ha coordinado y formado parte de grupos de trabajo con organizaciones civiles, campesinas y ambientales, académicos, autoridades de los tres niveles de gobierno y organismos internacionales. Cuenta con publicaciones en revistas científicas, participaciones en capítulos de libros y en múltiples informes técnicos y manuales. Desde el 2008 es Directora de Estadísticas Ambientales en la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Este trabajo requiere la coordinación con las fuentes de información ambiental y sus usuarios, dentro y fuera del sector, así como una cercana colaboración con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

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Saberes ambientales locales y sustentabilidad

Por: Andrés Camou Guerrero

Andres.camou@enesmorelia.unam.mx. Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Morelia. Universidad Nacional Autónoma de México.

Hoy en día se reconoce ampliamente la estrecha relación que han tenido los diversos grupos humanos con los ecosistemas, la cual se traduce en múltiples interacciones desde las cuales se plantean las agendas de investigación en diversos campos de las ciencias ambientales. Uno de los motores que actualmente impulsa dichas agendas son los procesos de deterioro ambiental cada vez más y mejor documentados (Barnosky et al. 2014). Es en este sentido que existe una larga trayectoria de investigaciones en las cuales se re-valoran y re-significan experiencias particulares de sociedades humanas en interacción con sus ecosistemas circundantes, y desde donde se considera viable crear alternativas de solución al deterioro ambiental.

Un referente clave que actualmente impulsa la búsqueda de modelos sustentables de vida es el de la diversidad biocultural y el cual explica las complejas expresiones de la diversidad cultural y biológica como “mutuamente dependientes y geográficamente coexistentes” y este axioma biocultural como lo define Nietschmann (1992), nos permite establecer un postulado central de partida: “reconociendo la amplia gama de interacciones entre las comunidades rurales y los ecosistemas, la conservación de la biodiversidad en países como México no puede estar separada de su aprovechamiento”, y por ello los saberes ambientales locales pueden ser la base para la sustentabilidad socio-ecológica. Desarrollar investigaciones sobre la diversidad biocultural en el caso de México resulta trascendental hoy en día, no solo porque se ubica como el segundo país a nivel mundial de mayor riqueza biocultural, sino también por el valor intrínseco universal que esto representa y el potencial que tiene en la búsqueda de estrategias de adaptación y modelos de desarrollo.

A partir de la década de 1960 se ha observado un creciente interés a nivel mundial por entender las múltiples formas mediante las cuales las comunidades interactúan con los ambientes donde se desarrollan. En este sentido, se reconoce que en la mayor parte del mundo existen de manera paralela, diversas modalidades de relación con la naturaleza embebidas en los contextos culturales de los pueblos indígenas y campesinos. En dichos contextos se han logrado mantener y adaptar un cúmulo de saberes generados a partir de la relación directa con la naturaleza, mismos que están profundamente arraigados a referentes simbólicos y cognitivos particulares. Al respecto es necesario hacer notar que hay diversas formas mediante las cuales se les ha denominado a estos “otros saberes o sistemas de conocimiento” y que aquí son referidos como saberes ambientales locales (SAL). La connotación de “saber” se ajusta a la planteada por Berkes (2012) en el sentido de que se les reconoce “como un cuerpo acumulativo de conocimientos, prácticas y creencias que evolucionan mediante procesos adaptativos a través de las generaciones mediante transmisión cultural”; por otro lado se integra la noción de “ambiente” en la perspectiva de denotar un saber que integra tanto la dimensión socio-cultural como la biofísica y lo “local” remarca la condición de que cualquier forma de conocimiento es el resultado de una construcción social particular, históricamente contextualizada.

La relevancia de los SAL ha motivado numerosos estudios que documentan los patrones de aprovechamiento de los recursos naturales en comunidades indígenas y campesinas los cuales reconocen que estos saberes son fundamentales para lograr los objetivos de sustentabilidad bajo el supuesto de que dichas comunidades conforman sistemas socio-ecológicos de alta resiliencia. En estos sistemas, las estructuras sociales, de conocimiento y las prácticas tecnológicas convergen en un modelo de manejo integral de los ecosistemas que se ajusta continuamente a las condiciones cambiantes de la cultura y las condiciones biofísicas, que corresponde a lo que ha sido denominado manejo adaptativo. A partir de lo anterior se ha puesto de manifiesto que el saber-hacer indígena y campesino sobre la naturaleza desarrollado en un proceso histórico de larga duración, constituye un legado de enorme valor y un referente clave en el diseño de modelos alternativos de desarrollo, así como un elemento insustituible del Patrimonio Biocultural.

Referencias

  • Barnosky, A. D., Brown, J. H., Daily, G. C., Dirzo, R., Ehrlich, A. H., Ehrlich, P. R., … & Wake, M. H. (2014). Introducing the scientific consensus on maintaining humanity’s life support systems in the 21st century: Information for policy makers. The Anthropocene Review, 1:78-109.
  • Nietschmann, B. 1992. The interdependence of biological and cultural diversity. Occassional Paper No. 21.
  • Berkes, F. 2012. Sacred ecology. Tercera Edición. Nueva York. Routledge.

Reseña del autor

Dr. Andrés Camou-Guerrero es profesor Asociado C de Tiempo Completo Definitivo en la ENES Unidad Morelia; Doctor en Ciencias por el IIES de la UNAM. Tiene una experiencia de 11 años impartiendo cursos de licenciatura y posgrado y ha dirigido 14 tesis de licenciatura y 3 de maestría. Además, actualmente dirige 6 tesis de licenciatura, 2 de maestría y 4 de doctorado. Es miembro fundador e investigador de la Red de Patrimonio Biocultural del CONACYT y presidente de la Asociación Etnobiológica Mexicana. Es tutor del posgrado en Ciencias de la Sostenibilidad, Ciencias Biológicas y Geografía Ambiental de la UNAM. Actualmente es el responsable de la línea de investigación de Procesos Bioculturales en el Territorio del Laboratorio de Estudios Transdisciplinarios sobre el Ambiente de la ENES Unidad Morelia. Tiene experiencia de trabajo con organizaciones civiles y comunidades indígenas y campesinas del norte y centro occidente de México.

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